Dr. CORMILLOT

El Dr. CORMILLOT y sus Secretos de Familia

En la Argentina todos conocemos al Dr. Alberto Cormillot. Él mismo se encargó de instalar su nombre como marca y lo logró. Cormillot es sinónimo de comida y vida sana. En lo personal, luce muy cuidado y luciéndose con actividades juveniles. Aspira a una longevidad sana y es feliz cuando va logrando este ideal de sí.  Como médico logró merecido prestigio en el campo de la nutrición y sus patologías como la obesidad. Al mismo tiempo desarrollo tareas en salud preventiva a través de la difusión mediática. Es “el” médico por excelencia de la TV y la radiofonía. Un logro persistente logrado con la fuerza de su talento, su visión, su simpatía y capacidad de trabajo. Vamos a pedirle prestada su popularidad para ilustrar a través de su historia familiar aspectos que refieren a la mirada psicogenealógica. Los datos que encontramos son públicos y desde ese lugar parte nuestra información y análisis. Si cabe, nos servimos respetuosamente de la gente famosa para lograr difusión de la psicogenealogía y sus alcances.

La pesquisa, el acopio de datos significativos, la contextualización de los mismos, la búsqueda de la verdad histórica de la genofamilia son la savia viva del quehacer de la psicogenealogía: una mirada que abarca la totalidad del mapa genofamiliar: la familia ancestral, la de origen, la actual y los descendientes o postgénitos.

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Alberto Cormillot se quebró hasta las lágrimas cuando en el almuerzo del domingo, Mirtha Legrand recordó al padre del nutricionista.  

 La conductora le dio el pie para que él hablara, pero cuando quiso contar sus últimos días de vida, la emoción lo dejó sin voz, sin palabras.

 “Papá murió a los 95, lleno de vida. Había veraneado conmigo hacia 15 días y yo estaba planeando con él un viaje a Barcelona. Él estaba en Barcelona y yo me lo quería llevar porque estaba viviendo allá…”, comenzó a decir, pero no pudo seguir.

 “Yo lo recordé porque siempre me llamó la atención con la devoción, el amor, que habla de su papá”, comentó, y luego pidió una pausa.

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El abuelo del Dr. Cormillot, Jules, nació en Francia y llegó muy joven, apenas 15 años, a la Argentina en 1890. Cambió su nombre por el de Julio, se aporteño y dejó el idioma francés.   

“Él nunca le enseñó el francés a mi padre, ni mi padre no me lo enseño a mí – recuerda Cormillot-. Lo recuerdo a mi abuelo hablando un fluido español; el acento galo apenas reconocible. Así el idioma desapareció en mi familia.”

Resulta curioso que Jules haya excluido el francés de su vida y de la transmisión a su hijo Emilio y a sus descendientes, siendo en ese entonces y aún lo continúa siendo, un idioma altamente valorado y tenido como un capital cultural para las clases altas y para la intelectualidad de la época. Lo francés cotiza.

Sospechamos un traumatismo en la historia de Jules. ¿Qué lo impulsó a venir a la Argentina tan joven? ¿Qué le ocurrió para “sacarse lo francés” y comenzar la vida “de cero” como si fuera posible anular las vivencias ocurridas, la memoria, los recuerdos? ¿Cuál fue el dolor psíquico que lo impulsó a dejar su patria, su familia, sus horizontes y a emigrar tan joven?

El Dr. Cormillot es una persona sumamente activa. Suele asumir desafíos innovadores y se esmera en vivir actualizado en el mundo del conocimiento que frecuenta. Hace unos años, decidió realizar un curso de más de dos años de duración sobre enfermedades crónicas en la Universidad de Ginebra. Este curso se hacía en idioma francés. Se preparó. Tomando clases y ejercitándose con aquel idioma que su abuelo había sepultado.

“Mi conocimiento del idioma era el básico de la secundaria. Así que antes del inicio del posgrado tomé clases de francés, escuchaba CDs en ese idioma en el auto, veía films en francés y en la computadora seguía con el aprendizaje. Cuando llegué a la Universidad de Ginebra, me comunicaba bastante bien”, relata.

Sin embargo no resultó. En Ginebra se apoyó en su conocimiento del inglés y del apoyo de circunstanciales traductores para comprender lo que se decía en francés.

“La cuestión es que en la tercera semana de cursada, sabiendo que podía hacerme entender muy bien en inglés, estudié mucho menos. Y en el aula me había hecho de dos amigos que me facilitaban los problemas expresivos: Guido, un médico italiano, hablaba perfectamente español y me traducía lo que yo no entendía en francés. Y Lee, otra médica coreana, tomaba apuntes en inglés, con lo cual miraba lo que había escrito y entendía qué había querido decir el profesor. Para coronar mi propia pereza mental, en las intervenciones hablaba directamente en inglés y así lo que había aprendido se me fue olvidando”.

“Al final, concluí el posgrado, aprendí mucho de las interacciones que tuve, me hice de grandes amigos, pero terminé sin saber hablar francés. Desperdicié la mejor oportunidad que tuve. Me quedó un sabor amargo durante mucho tiempo”.

Cormillot explica tal frustración con el argumento siguiente: “Cuando te facilitan tanto las cosas, te convertís en un inútil”. Es decir, no la luchó. No fue suficientemente perseverante, fue cómodo, nos dice.

En un luchador acérrimo, en un vencedor de tantas batallas, en un removedor de obstáculos como Cormillot, ese argumento nos parece lábil por venir de quién viene. Quizás una suerte de racionalización.

¿Cuál era la necesidad de aprender francés? Con el dominio del español y del inglés y con ayuda de traductores le hubiera sido suficiente como en realidad ocurrió. ¿Para qué malgastar esfuerzo y tiempo – tan valorados en Cormillot – en estudiar francés? ¿Si hubiera sido el idioma chino hubiera hecho el intento? Tampoco tiene fuerza el hecho que le quedó pendiente de la escuela media.

Según lo apreciamos, aparece la necesidad como una deuda con su historia genealógica. Su motivación profunda fue la búsqueda de enraizamiento con un idioma, pueblo, cultura que aparece como un agujero en la memoria familiar como bien lo observó la periodista Loreley Gaffoglio en un artículo reciente en el periódico La Nación: “Sumar aquel idioma, que por alguna razón cifrada el abuelo francés rehusó transmitir, era como colocar la pieza faltante al rompecabezas de la identidad.”

Como escribí en “El Enraizamiento Existencial”, “Para construir nuestra identidad psicosocial, el quién soy de cada uno, importa abrazar las raíces de la filiación tanto materna como paterna: sus etnias, sus posiciones sociales y sus culturas”… “Estar en armonía con nuestras raíces es un requisito para lograr bienestar. La tarea terapéutica consiste en construir una representación estructurante en imagen y concepto y encarnar en vivencias los contenidos de cada raíz. Este trabajo de subjetivación se percibe como apuntalamiento y como resciliencia del yo y de su grupo familiar”.  

“La amputación de una raíz genealógica es una patología con consecuencias para la salud familiar. Se lo percibe como trastorno de ansiedad y conductas disfuncionales con el entorno y para sí mismo”.

Como solemos ver en psicogenealogía, el pasado llama al presente. Lo convoca y le traspasa la solución de sucesos traumáticos que en su momento no fueron posibles de ser tramitados.

Cormillot no pudo incorporar “lo francés”. El linaje paterno quedó amputado. Y no lo pudo resolver porque así como fue habilitado y tuvo el impulso de acceder a lo francés no pudo culminarlo porque el camino debería haber sido la búsqueda de información sobre el trauma de Jules. Aquello que lo lleva a encapsularlo. Impulso y frustración del impulso jugados en acting out, dominio del inconsciente.

Cormillot es un joven de espíritu, siempre inquieto. Quizás si avanza sobre los dolores psíquicos en su genealogía y entiende su conexión con sucesos de la vida de su familia – conductas raras, síntomas, enfermedades, impulsos ciegos – el francés Jules pueda resolver sus traumas en una nueva “realidad suplementaria” y entonces sí libere a sus postgénitos a incorporar el linaje familiar y con ella su cultura.

“Lo francés” espera a los Cormillot. El inconsciente genofamiliar tiene una larga paciencia y comprende a los miembros que no hayan sabido acortar “la distancia” con su abuelo y con sus antepasados y que han aprendido a convivir con esta ignorancia. El secreto rebota en la generaciones nos dice Tisseron cuando interpreta la clínica del fantome.

Los secretos de familia refieren a muertes traumáticas, a la filiación, a la sexualidad y en general a todo aquello que causó intensa vergüenza y pánico en el espacio de la genofamilia.

Como solemos ver en psicogenealogía, el pasado llama al presente. Lo convoca y le traspasa la solución de sucesos traumáticos que en su momento no fueron posibles de ser tramitados.

Cormillot no pudo incorporar “lo francés”. El linaje paterno quedó amputado. Y no lo pudo resolver porque así como fue habilitado y tuvo el impulso de acceder a lo francés no pudo culminarlo porque el camino debería haber sido la búsqueda de información sobre el trauma de Jules. Aquello que lo lleva a encapsularlo. Impulso y frustración del impulso jugados en acting out, dominio del inconsciente.

Cormillot es un joven de espíritu, siempre inquieto. Quizás si avanza sobre los dolores psíquicos en su genealogía y entiende su conexión con sucesos de la vida de su familia – conductas raras, síntomas, enfermedades, impulsos ciegos – el francés Jules pueda resolver sus traumas en una nueva “realidad suplementaria” y entonces sí libere a sus postgénitos a incorporar el linaje familiar y con ella su cultura.

“Lo francés” espera a los Cormillot. El inconsciente genofamiliar tiene una larga paciencia y comprende a los miembros que no hayan sabido acortar “la distancia” con su abuelo y con sus antepasados y que han aprendido a convivir con esta ignorancia. El secreto rebota en la generaciones nos dice Tisseron cuando interpreta la clínica del fantome.

Los secretos de familia refieren a muertes traumáticas, a la filiación, a la sexualidad y en general a todo aquello que causó intensa vergüenza y pánico en el espacio de la genofamilia.

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