Barack Obama

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BARACK HUSSEIN OBAMA

Los tiempos que vienen son los que preanuncian “el ser Obama”, el presidente de Estados Unidos. Impensable hace muy poco tiempo atrás, surge un liderazgo de alguien con mezcla racial, afroamericana, y con un acervo cultural multilinguista y multireligioso.

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En la filiación de Barack Hussein Obama, hijo único de un matrimonio interracial, se halla su padre, Barack Obama Senior, PhD en economía por la Universidad de Harvard, de raza negra oriundo de Kenia y su madre, la antropóloga de origen irlandés nacida en Kansas, Stanley Ann Dunham.

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Se conocieron en la Universidad de Hawai, en Manoa. La tendencia mundial en los medios académicos se orienta hacia una multidiversidad étnica-cultural. Es la avanzada. En la medida que se avance en comunicación e integración de la aldea global la exogamia cultural será el sello de esta época. Un “ideal del yo” basado en lo multiétnico, lo megacultural y lo multilinguístico representado por “lo Barack Obama”, convive hoy día en paralelo con culturas endocéntricas, endogámicas y organizadas en mosaico.

Obama asistió durante su infancia a escuelas públicas católicas en Yakarta. Vivió allí con su madre, una mujer agnóstica, de ideas de izquierda y de origen cristiano protestante que se había vuelto a casar con un indonesio de ascendencia musulmana, Lolo Soeforo.

La escuela secundaria la hizo en Hawai (Honolulu) dónde había ido a convivir con sus abuelos maternos, blancos cristianos. Más tarde sus estudios culminaron en la Universidad de Columbia y en Oxford.

Una de sus hermanastras, Maya Soetoro, se casó con un hawaiano de origen chino.

La filiación, según lo entendemos, no viene solo del atrás genealógico. Nuestros postgénitos, hijos, sobrinos, nietos nos abren a nuevas raíces que expanden la identidad. Somos tanto de dónde venimos como adónde nos llevan nuestros descendientes. Si mi hijo tiene filiación indoamericana a través del linaje de su madre, me convierte a mí mismo en un indoamericano. Si mi sobrino es mitad chino, me hace chino.  Para la consanguinidad como regulador atávico, todos somos uno.

Nuestro precursor de los tiempos por venir, Barack Obama no la tuvo fácil con su identidad. Fruto de su búsqueda son su viaje a Kenia para encontrarse con su linaje africano y sus dos libros autobiográficos: “Sueños de mi padre”, en 1995, y “La audacia de la esperanza”, en el 2006, en el que propone superar las divisiones raciales, religiosas o políticas.

Esta diversidad de orígenes en su constitución biográfica dio lugar a una personalidad rica, templada en las vivencias de múltiples contrastes y que se ha visto obligado a desentrañar cuidadosamente su pasado para encontrarse a sí mismo.

Su padre tuvo un primer matrimonio en Kenia con Kezia. Se casaron en una ceremonia según el ritual de la tribu Luo. Fruto de esta relación es Malik, el medio hermano mayor de Obama.

Mark, otro hermanastro de Obama, nació de la tercera esposa de su padre, una maestra de jardín de infantes judía estadounidense e hija de inmigrantes lituanos llamada Ruth Nidesand.

Repasemos. Confluyen en Obama las etnias blanca por el lado de su madre y africana por el lado del padre. Por parte de su hermana (hija de su madre) confluye con lo indonesio y con lo chino a través de su sobrino. Por parte de su hermano Mark le llega lo judío lituano ashkenazi.

Resulta curiosa e interesante la noticia que nos dice que Obama es descendiente vía su madre de uno de los primeros esclavos de Estados Unidos.

La información fue revelada por Ancestry.com, la red de genealogía más grande del mundo. Sus expertos estudiaron a fondo los antepasados de Ann Dunham, madre de Obama, y llegaron hasta John Punch, un africano considerado el primer esclavo documentado en la entonces colonia de Virginia.

Según pudieron reconstruir, Punch llegó de África a Estados Unidos. Allí trabajó para una familia y cuando intentó escapar fue atrapado y enjuiciado. En 1640 lo condenaron a servir de por vida como esclavo, mucho antes de que en Virginia existieran leyes sobre la esclavitud. Por ese juicio es que se tienen sus registros y se lo considera el primer esclavo de ese país.

Según los expertos, Punch tuvo un hijo con una mujer blanca y comenzó así a “borrar” sus genes africanos hasta que con los siglos desaparecieron del todo. Ese niño se llamó John Bunch. Por un error de tipeo cambiaron el Punch por Bunch. Si bien la relación fue un verdadero escándalo para aquellos años fue trascendente para la familia que los descendientes de la pareja nacieran libres ya que el estatus civil lo daba la madre.

De acuerdo al árbol genealógico, John Punch sería el undécimo bisabuelo de Obama. Si bien los ancestros esclavos suelen ser habituales en la comunidad afro-americana nunca antes se había sugerido que Obama descendiera de ellos.

“El esclavo Punch y Obama están conectados en forma directa”, dijo el especialista en genealogía Joseph Shumway de Ancestry.com en referencia a Obama, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos y a Punch, el primer esclavo africano registrado en ese país.

Los especialistas usaron tests de ADN para asociar a los familiares de Ann Dunham con Punch y afirmaron que si bien la documentación y los exámenes no pueden probar la conexión con una seguridad del 100%, sí cumplen “con los estándares más altos y pueden ser ofrecidos con confianza”.

Si esta conexión Punch-Obama fuera cierta como parece ser nos permitiría comprender hechos de la vida de la madre de Obama que establecen un nexo con tal “secreto de origen en la filiación”. Veamos. Ann Dunham estudió antropología social. Su primer marido fue un keniano, el primer estudiante universitario africano de Hawai. Su hijo Obama, educado como blanco, se casa con una afroamericana. Su segundo marido fue un islandés.  Su hija se casa con un chino. ¿Actuaría el ancestro Punch como un “fantasma psíquico” del alma familiar que encontró el momento histórico para lograr reconocimiento y reparación a los daños sufridos por su etnia africana? ¿Ese dolor de origen estaría en la base de un concepto de raza humana por encima de las divisiones étnicas y culturales? Todo en la madre de Obama lleva fuertemente a ese camino. ¿Cómo entender su atracción intensa por lo que no era americano? En Jakarta, Ann no fue feliz con Lolo Soetoro, quien insistía que ella socializara con las esposas norteamericanas de los ejecutivos de Mobil Oil, su lugar de trabajo. Ella se rehusaba a confraternizar con su propia gente y prefería hacerlo con los indonesios.  Ann decía de la pareja: “Él se volvió más americano y yo más de Java (isla de Indonesia)”. Este “exotismo” era una conducta rara viniendo de dónde venía: una familia blanca, digamos tradicional, de Kansas.

Es posible que Ann haya sido destinada por su genealogía a hacer justicia incluyendo a lo afro y saliéndose de la vergüenza que obligaba a “blanquear” el linaje. Una forma de restituir la justicia familiar, un orden dónde somos uno sin discriminación. El inconsciente tiene buena memoria y mucha paciencia: 12 generaciones desde que lo afro nutriente de la genealogía fue ocultada, no nombrada. Una descendiente del linaje aprovecha los vientos favorables de la historia, tiene un hijo afroamericano y éste rompe la conducta del blanqueamiento deshonrosa y se casa con una afroamericana y tiene dos hijas con ella. El retorno de lo afro. Además Ann avanza en un viejo/nuevo principio que impide las discriminaciones: todos los humanos somos uno sin distinciones étnicas. Un crisol cultural y multiétnico profundo la mezclan aún más: tiene una hija con un indonesio y ésta se junta con un chino.

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Con amigos y colegas que transitamos juntos este abordaje realizamos un simulacro de la escena originaria de la historia de Ann, su hijo Obama y el casi certero origen afro de este linaje. Aún si no fuera una verdad histórica, el hecho de que se haya investigado y propagado tal “verdad” coloca a ésta en el lugar de “verdad mítica”.

La puesta en escena es una herramienta valiosísima que permite ver y apreciar e induce a soluciones.

Primero les narré la historia de este primer esclavo y su descendencia. Este narrar importa, crea un clima favorable predisponiendo a las psicoescenas al informar sobre lo que fue, drama y contexto. Se incorpora en el preconsciente de los participantes el clima psicoescénico, sus guiones posibles y los prepara para la representación de “lo que no fue y podía haber sido”, la “realidad suplementaria” según J. Levy Moreno, el creador del psicodrama, un guion reparador.  Este narrar promueve también un caldeamiento anímico para inducir la imaginación activa y la empatía inconsciente a inconsciente.

Un actor personifica al onceavo abuelo, el africano Punch y una actriz a la mujer blanca que dieron origen al linaje afroamericano de la línea materna de Obama. Otros actores representaban a Obama y a su madre. Establecidas las personificaciones de cada uno lo teatralizamos. Les informé nuestra consigna base: “sigan su impulso y posiciónense en un lugar del espacio terapéutico, sin más, según lo sientan”. Sin más significa sin hablar, sin gesticular, sin tocar y sin ser tocado por ningún compañero de escena. Solamente una posición y un lugar respecto de los otros.

Cuento el final de la Escenificación el cual incluyó una combinación de movimientos espontáneo, de guiones reparadores y sumar nuevos escenificadores.

Obama y su madre se acercaron con facilidad a sus ancestros y los abrazaron. Todo muy intenso. Con la conciencia de estar cerrando una cuenta genealógica familiar pendiente desde varios siglos atrás. También se acercaron de una los abuelos afro de Obama. Los padres de Ann también se acercaron a esta pareja originaria. De los ancestros blancos algunos se aproximaban y otros permanecían alejados.

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También diversas son sus raíces culturales. Lo irlandés le viene vía su abuela materna. Lo norteamericano de ambos abuelos maternos. Con ellos le llega también la religión cristiana protestante. África le llega vía su padre casado en primeras nupcias según ritos locales. Su abuelo paterno fue misionero católico y se convirtió durante la adultez en musulmán adoptando el nombre Hussein que luego fue pasado a Obama. Hawai, su lugar de nacimiento y de educación, legó una impronta tal que Michelle, su esposa, llegó a afirmar en relación con el carácter de su marido, que “no se puede entender a Barack hasta que se entiende Hawai”.

La historia de Barack Obama es la suma de sucesos poco convencionales: el padre que lo abandonó después de nacer para volver con los suyos a Kenia, la madre que se lo llevó a un lugar tan remoto como Indonesia junto a un nuevo marido de confesión musulmana, el regreso posterior a la casa de unos abuelos blancos, su educación en colegio de élite en Hawai y luego en universidades de la Costa Este.

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Copiamos.

“Obama nació como un blanco más un 4 de agosto de 1961 en el Kapiolani Hospital for Women and Children de la ciudad de Honolulú. Entonces, y ahora, la población negra de Hawai apenas llegaba al 1%. Su familia se encontró con un niño negro como fruto de una aventura de su madre a los 18 años. Los abuelos, Madelyn y Stanley Dunham, que habían llegado al archipiélago un año antes desde California en busca de mejores oportunidades de trabajo, acogieron a su casa a la hija y al nieto recién nacido.

Obama conoció la discriminación a temprana edad, en Hawai. Fue el “raro” y diferente para muchos. No solamente  como “negro” sino también como “blanco”, o hijo de blancos. Todavía hoy los blancos son objeto de una cierta discriminación entre la población nativa de Hawai, que se refiere a ellos despectivamente como “hauli”, venido de fuera.

Obama aprendió pronto, por tanto, a saber lo que significa ser una minoría entre una mayoría de origen asiático cuando vivió en Indonesia o minoría en Hawai conviviendo con sus nativos.

A los seis años de edad, Obama se fue con su madre, Ann Dunham, a Yakarta, acompañando a su padrastro, Lolo Soetoro, a quien Ann había conocido como estudiante de geografía en la Universidad de Hawai. Solo cuatro años después, el futuro presidente regresaría a Honolulú, donde ya quedaría permanentemente al cargo de sus abuelos.

Gracias al ascenso laboral de Madelyn y a la presión social entre los blancos de clase media de la isla por educar a los niños en el mejor colegio de la ciudad, Obama fue enviado a la Punahou School, donde se forma la élite local. En todas las fotos de la época, se ve a Obama como el único chico negro de la escuela.

Punahou, cuya matrícula está hoy en torno a los 20.000 dólares anuales, conserva el lustre social que siempre ha tenido y el cuidado campus tropical por el que han pasado, entre otros, Steve Case, el cofundador de America On Line. Sus buenas notas allí fueron decisivas para que Obama fuera admitido después en Columbia y en Harvard, dos de los destinos frecuentes de los estudiantes de Punahou.

A un par de manzanas del colegio está el piso en el que Madelyn (su abuela) vivió hasta su muerte —ocurrida un día antes de la elección de Obama como presidente—, acompañada de Maya Soetoro, una de las hijas que la madre de Obama tuvo con Lolo Soetoro. Obama y Maya vivieron juntos en esa casa durante varios años y conservan una estrecha relación de hermanos. Maya se casó después con un hawaiano de origen chino y ahora trabaja como profesora en Honolulú.

Vivió como un blanco todos esos años y lo seguiría haciendo aún en su paso posterior por la universidad —incluida la elitista Escuela de Leyes de Harvard—, aunque allí empezó a tomar conciencia del mundo al que realmente pertenecía. En su primer destino laboral como abogado, en la firma Sidley Austin de Chicago, conoció a Michelle, y con ella accedería plenamente a la sociedad negra de la ciudad, donde ya encauzaría su carrera como un líder afroamericano.

Nunca aceptó, sin embargo, el papel de un dirigente negro tradicional. Conocía a los blancos mejor que a los negros, y supo por ello elaborar una plataforma que conectaba perfectamente con los sentimientos de ambas razas. “Lo mejor que hay en mí y lo mejor que hay en mi mensaje es consistente con la tradición de Hawai”, ha declarado Obama.

Sin Hawai, efectivamente, Obama no hubiera sido el político que es. Este es un lugar apartado del mundo en el que creció en una burbuja en la que fue feliz y desarrolló un espíritu sano. Hawai le dio a su carácter una inocencia que conserva. En ningún otro lugar de EE UU, Obama podría haber vivido ajeno al choque entre su raza y la de su familia. En cualquier otro lugar se hubiera visto obligado a definirse mucho antes. Pero Hawai contribuyó también a consolidar su personalidad, a esa tendencia suya a situarse en un punto equidistante de todas las posiciones en conflicto.”

A. Caño- El País- 12-11-2011

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Obama como se ve no la tuvo fácil. El “quién soy” le vino embrollado. Tanta variedad – multiétnico y multicultural – lo debe haber confundido. Cada parte de su ser tironeaba para su parcialidad.  Sin embargo pudo tomar distancia para ver y apreciar el campo de las similitudes y diferencias, el mundo del orgullo y la vergüenza del despreciado. Esta adversidad lo templó y la diversidad lo hizo más sabio: le dio la serenidad de poder entrar en toda casa como si fuera la propia. Lo suficiente para llegar a ser el primer presidente con raíces afro de EEUU.

La sociedad norteamericana tiene una deuda histórica con su minoría afro. Entendemos que una forma de reparación ha sido la elección de Obama como presidente. Un hecho impensado hasta que ocurrió y volvió a acreditarse con la reelección.

Fue votado por una mayoría blanca y obviamente por la asombrada población afroestadounidense. Al referirse a la aceptación de la población blanca, Obama decía: “Yo conozco a esta gente, para mí son como mis abuelos. La comida que sirven es la misma comida que mis abuelos me daban en Hawai cuando estaba creciendo. Sus modales, su sensibilidad, su sentido del bien y del mal, todo es completamente familiar para mí”.

Obama ha inaugurado un nuevo capítulo en la política de su país. El primer afroestadounidense que ocupa la presidencia de Estados Unidos llega con una biografía única con su carácter birracial, hijo de padre keniata y madre blanca procedente del Medio Oeste de Estados Unidos. Durante su campaña convocó a los estadounidenses a ir más allá de sus diferencias ideológicas, sociales y raciales. Los exhortó a unirse para el bien común. “No existe un Estados Unidos liberal y otro conservador: Estados Unidos de América es uno solo”, dijo Obama en su discurso en la Convención Nacional Demócrata de 2004. “No hay un Estados Unidos negro, otro blanco, otro latino y otro asiático: hay un solo Estados Unidos de América. … Somos un solo pueblo…”

Obama se expresó con sinceridad en sus dos libros publicados. En ellos se puede ver el proceso que lo llevó a integrar sus partes y no dejarse llevar por el antagonismo rebelde. Decía: “Estaba perdido. No sabía que hacer o a dónde dirigirme. Las ideas negativas habían crecido conmigo. No había algo preestablecido que me guiase e incluso no contaba con la figura de un padre que me orientara. Nunca he tenido un modelo, algo en lo que fijarme para poder actuar y crecer”.

 

El hecho de tener múltiples raíces contribuyó a que Obama tuviera una amplitud de mirada que le permite comprender diferentes puntos de vista.

“Barack tiene una capacidad increíble para sintetizar realidades del todo contradictorias y hacer que sean coherentes”, dijo su condiscípula de la facultad de derecho Cassandra Butts a la revista New Yorker . “Esa destreza la adquieres si pasas de un hogar donde eres amado por personas blancas y luego sales al mundo y todos te ven como una persona negra”.

La percepción de Obama como un político distinto, capaz de superar las divisiones raciales tradicionales, fue captada por esta inédita e impensable demanda, pocos años atrás, de la sociedad norteamericana.

 

El “emponderamiento de la víctima” realizado por la sociedad norteamericana es una forma tanto de reparar el dolor de las víctimas como de liberar a los victimarios y sus descendientes de la culpa colectiva y así recobrar la dignidad perdida.

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AL HIJO

No soy yo quien te engendra. Son los muertos.

Son mi padre, su padre y sus mayores…

y llegan, sangre y médula, a este día

en que te engendro ahora.

Siento su multitud. Somos nosotros y, entre nosotros,

tú y los venideros hijos que has de engendrar…

Soy esos otros también.

Jorge Luis Borges

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ABRAZAR NUESTRAS RAÍCES

Enraizamiento existencial

Para construir nuestra identidad psicosocial, el quién soy de cada uno, importa abrazar las raíces de la filiación tanto materna como paterna: sus etnias, sus posiciones sociales y sus culturas. Somos mamíferos humanos, sociales, históricos y para la constitución del “yo” incide sobremanera lo que le pasó a nuestra genofamilia tanto en su “atrás” como su “adelante”.

Este apropiarse de las raíces que dan forma y contenido a nuestras conductas puede ser realizado con una adhesión fanática y excluyente o bien de un modo abierto y disponible a nuevas nutrientes.

Se trata de la construcción del sí mismo. Se realiza desde nuestra posición de adulto y, entendemos, debe ser facilitada por toda terapia y por todo dispositivo que apunte al desarrollo del potencial humano a través de técnicas activas y focalizadas en esa dirección.

Puede no ser lo urgente de la consulta y tampoco un motivo de preocupación aparente. Sobre todo porque no forma aún parte de la cultura psicológica ni del mundo conceptual de los terapeutas. Sin embargo, la conexión con las raíces se afirma en la psíquis como una representación estructurante. La búsqueda genealógica que observamos en la acción de muchos que se interesan cada vez más por la historia longitudinal de sus familias confirma este sentido.

Nuestra experiencia permite afirmar que yacen en el sustrato existencial de nuestras raíces fuerzas benéficas para toda persona. Aún más para aquellas que se encuentran debilitada por dolores psíquicos. En algún momento del desarrollo personal la tarea de vérselas con lo raigal debe ser encarada.

Asimilar requiere separar la paja del trigo. A menudo, nos la vemos con raíces existenciales que nos producen sentimientos ambivalentes de atracción y rechazo, de gratificación y reclamo, como suele ocurrir con todos nuestros vínculos.

La tarea de Enraizamiento se acrecienta y se hace más necesaria en la medida que los movimientos exogámicos y de mestizaje étnico, social y cultural atraviesan vigorosamente una época: la nuestra.

A horcadas de la Era de la Técnica vertiginosa nos encontramos en los albores de una cultura de la diversidad y del encuentro planetario. El ocaso de “la nación” como pauta organizadora dará lugar a conglomerados y mixturas nuevas. Las categorías “planeta”, “aldea global”, “ciudadano del mundo” adquieren realidad y vigor y se consolidan velozmente en el mundo net. Como el decir del poeta “no soy de aquí ni soy de allá” o más bien “soy de aquí y de allá”. Ser ciudadano del mundo como un nuevo ideal del yo. Un nuevo pasaporte cultural ha sido puesto en valor.

Este movimiento de alcance planetario no está exento de tensión. Como no lo estuvieron cuando acompañando la evolución los clanes se unieron primero en tribus y luego en pueblos y naciones.

La diversidad biológica y cultural fortalece nuestras raíces identitarias. A mayor variedad de raíces mayor capital biocultural.

La raza humana – a contrapelo de ideologías nazis – cuánto menos pura es más rica en diversidad. La diversidad genética es la base de las variaciones interindividuales, la variedad de los genotipos. Y nos hace más fuertes. Cada especie contiene una pluralidad de genomas que las distinguen. La biodiversidad es el resultado de millones de años de evolución según procesos naturales a las que se les suma la influencia de las actividades del ser humano.

Quizás un nuevo paradigma planetario, alejado de los violentos nacionalismos del siglo pasado, se esté gestando en la constitución del súper yo y del ideal del yo. Mirémoslo en los más jóvenes y en la dirección adónde apunta el mundo del conocimiento. La planetarización, el multilingüismo, la democratización masiva y la biodiversidad cultural conviven con las viejas ideas etnocéntricas y endogámicas.

En un mundo cada vez más globalizado y con movilidad territorial y social disponible para más gentes las raíces étnicas y culturales se entrecruzan inevitablemente. Estamos viviendo los comienzos de un proceso histórico planetario signado por el aumento en velocidad social interactiva que impacta de lleno en la cultura de época.

Ya se habla de biodiversidad cultural: la diversidad de saberes que los humanos hemos desarrollado históricamente. Incluimos en estos saberes las creencias, mitos, lenguaje, conocimientos científicos, calidad de vida, conductas psicológicas, relación con el entorno natural y social. Lo mejor de cada cultura se expande, encuentra lugar y se entrelaza. Quizás se aplique a esta evolución la comprensión darwiniana: “la lucha por la existencia que se da en todas partes… bajo tales circunstancias las variaciones favorables tenderían a ser preservadas, mientras que las desfavorables serían destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.” Y de nuevas culturas agregamos.

Es en este contexto y momento histórico que planteamos la necesidad de abrazar nuestras raíces identitarias.

 

Estar en armonía con nuestras raíces es un requisito para lograr bienestar. La tarea terapéutica consiste en construir una representación estructurante en imagen y concepto y encarnar en vivencias los contenidos de cada raíz. Este trabajo de subjetivación se percibe como apuntalamiento y como resciliencia del yo y de su grupo familiar.

Existen raíces estigmatizadas cuando se discrimina una raza o una cultura de un miembro de la genofamilia. La cultura engloba al lenguaje, los modismos, la música, la danza, la comida, la cosmovisión, los sistemas de creencias y la religión como regulador social.

Quien no toma a pleno sus raíces se debilita tanto a sí mismo como a su descendencia. Abrazar una raíz significa sobre todo asimilar las nutrientes de una cultura, el contenido de una civilización que nos forja como una segunda naturaleza.

La amputación de una raíz genealógica es una patología con consecuencias para la salud familiar. Se lo percibe como trastorno de ansiedad y conductas disfuncionales con el entorno y para sí mismo.

Se aplica aquí el principio gestáltico de completitud, la ley de cierre: tendemos a completar lo que falta orientados a la “buena forma”. O bien, lo que falta, lo que se excluye, pide lugar sistémico.

Cuando se logra concordancia entre las raíces la identidad es una y fluye sin más. Uno es. Este “si mismo” es la base existencial para lograr nuevos potenciales. Raíces firmes para volar alto y lejos.

Como una cuenta genealógica sin saldar, aquello inaceptado como raíz identitaria fuerza en ser reconocida como nutriente. Lograr su inclusión depende a menudo del cambio del contexto: tiene que haber pasado algo del peligro que estableció la negación defensiva. El alma de las familias tiene una larga paciencia y no mira en corto. Sus objetivos se miden en tiempos genealógicos. Como en el plano de la individualidad, lo que se resiste persiste. En un contexto más benévolo el pasado le pide al presente solucionar sus dolores.

Algunas personas se distancian de sus raíces estigmatizadas estableciendo una formación psíquica reactiva. Son los súper conversos, aquellos que, con fanatismo, se empeñan en disimular rasgos étnicos, sociales y culturales a los cuales pertenecen por origen e historia. Al mismo tiempo exageran los atributos del grupo descalificador con los que se identifican.

El rechazo “in totu” de una raíz – un significante fundamental para la construcción del universo simbólico de la identidad- los coloca en el lugar de la forclusión y del mundo psicótico.  Psicótica es la no afirmación del “sí mismo” a través de la alucinación de ser otro. Blanquearse la piel como Michael Jackson, avergonzarse y ocultar los orígenes sociales, negar los idiomas y los mundos culturales ancestrales son indicadores de temores no resueltos y de patología de filiación.

La amputación genealógica pretende ocultar la filiación vivenciada como vergonzosa y peligrosa. A mayor secreto mayor pánico en la patología del origen y mayor intensidad alucinatoria como forma de recobrar la raíz ocultada.

La Terapia PsicoGenealógica afronta la verdad biográfica y desenmascara lo fantasmático que las familias produjeron sobre sus orígenes.  Lo sabemos: el autoengaño adormece y la verdad libera.

Las patologías en torno a la “vergüenza de ser” étnicas si bien pueden ser abordadas en un marco intrapsíquico individual y/o familiar – el de la consulta psicológica – se enriquecen si se las aborda desde una terapia psicosocial que incluyan políticas culturales que trabajen para lograr  desalienación e integración.

Se introducen por este camino de enraizamiento existencial conceptos como raza, clase, lenguaje, y desigualdad social.

La Terapia PsicoGenealógica enfatiza conceptos con rango psicopatológico como el desprecio de sí mismo y/o de otros, sentimientos de inseguridad e inferioridad, servilismo, racismo, discriminación, traición, colonialismo cultural, identificación con el agresor y/o la víctima cuando atraviesan la historia familiar.

La “vergüenza de ser” resulta del conflicto entre la lealtad básica a la consanguinidad de origen y el impulso a sobrevivir que “obliga” a renunciar a la pertenencia.

Quién o quiénes resultan afectados cuando una raíz es estigmatizada deben defenderla apreciando sus valores y respondiendo punto por punto a los argumentos de la exclusión. Es una batalla en el campo de la cultura y de las ideologías familiares.

La “vergüenza de ser” puede entenderse como “odio a sí mismo” o como “identificación con el agresor”, concepto acuñado por el psicoanálisis. Estas formas de la patología además de producir un estado de alienación promueven conductas autodestructivas y/o destructivas con todo aquello que se aproxima a la “imagen vergonzosa”.

Lic. Tobías Holc

www.psicogenealogia.org

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