Jose Saramago

JOSÉ SARAMAGO

Esbozos de un cuereo psicogenealógico

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JOSÉ SARAMAGO es un escritor nacido en Portugal. Fue premiado con el Nobel de Literatura en 1998. Falleció en el 2010. En 1986 publica “LAS MALETAS DEL VIAJERO”, libro dónde reúne crónicas periodísticas de temática variada. En algunas de ellas, Saramago nos habla de su niñez y de su familia. Una oportunidad para asomarnos desde la psicogenealogía, a pesar de la información limitada, a sus historias genofamiliares, a sus luces y sombras como matriz de destinos. Agradezco a Susana Valente su gentileza en acercarme el texto que vamos a comentar.

RETRATO DE ANTEPASADOS

Nunca he sido afecto a esa vanidad necrófila que lleva a tanta gente a inquirir el pasado y a quienes pasaron buscando las ramas y los injertos del árbol que ninguna botánica menciona: el genealógico. Entiendo que cada uno de nosotros es, por encima de todo, hijo de sus obras, de lo que va haciendo durante el tiempo en que por aquí anda. Saber de dónde venimos y quién nos engendró sólo nos da una leve firmeza civil, sólo nos concede una especie de lustre al que en nada contribuimos, pero que evita respuestas embarazosas y miradas más curiosas de lo que permitiría la buena educación. Ser hijo de alguien lo bastante conocido como para que no queden en blanco las líneas del documento de identidad, es como venir al mundo con sello y salvoconducto.

A mí, nada me incomoda saber que más allá de la tercera generación reinan las tinieblas completas. Es como si mis abuelos hubieran nacido por generación espontánea en un mundo ya formado del todo y del que no tenían ninguna responsabilidad: el mal y el bien eran obra ajena que ellos se limitaban a tomar con manos inocentes.

Me complace pensar así, principalmente cuando evoco a un bisabuelo materno, a quien no llegué a conocer, oriundo de África del Norte, y respecto al cual me contaron historias fabulosas. Lo describían como un hombre alto, flaquísimo y cetrino, de rostro de piedra, en el que una sonrisa, de tan rara, era una fiesta. Me dijeron que mató a un hombre en dudosas circunstancias, en frío, como quien arranca un zarzal. Y también me dijeron que la víctima tenía razón; pero no tenía escopeta.

Pese a tan densa mancha de sangre en la familia, me agrada recrearme con la imagen este hombre -pastor quizá, o salteador de caminos-, que vino de lejos, misteriosamente de lejos, de un África de albornoces y arena, de montañas frías y ardientes, donde debió iniciarse en la vieja ciencia agrícola, de la que luego se alejó para abrazar el oficio de guardarríos; la escopeta bajo el brazo, caminando con paso elástico, acompasado, infatigable… Pronto descubrió los secretos de los días y las noches, y pronto descubrió también la negra fascinación que su misterio de hombre llegado del otro lado del mundo ejercía sobre las mujeres. Esto fue la causa de ese crimen del que he hablado. Nunca lo detuvieron. Vivía lejos de la aldea, en una barraca entre sauces, y tenía dos perros que miraban fijamente a los extraños, sin ladrar, sin dejar de acechar hasta que el visitante se alejaba temblando.

Este antepasado mío me fascina como una historia de ladrones moros, hasta el punto de que, si fuera posible viajar en el tiempo, más quisiera yo verle a él que al imperante Carlomagno.

Pero, cerca de mí (tan cerca que tiendo la mano y toco su recuerdo carnal, su cara seca y la barba crecida, los hombros flacos que en mí se repitieron), está aquel abuelo porquerizo de cuyos padres nada se sabía, abandonado en el torno de la Misericordia, hombre toda la vida secreto, de mínimas hablas también, e igualmente delgado y alto como una vara. Ese hombre tuvo contra sí todo el rencor de la aldea, porque había llegado de fuera, porque erahijo bravo, y porque, pese a todo, de él se enamoró mi abuela materna, la muchacha más hermosa de aquel tiempo. Por eso mi abuelo tuvo que pasar su noche de bodas sentado en la puerta de la casa, a la intemperie, con un garrote herrado en las rodillas, a la espera de los rivales resentidos que habían jurado apedrearle el tejado. No apareció nadie al fin, y la luna viajó toda la noche por el cielo mientras mi abuela, con los ojos abiertos, esperaba a su marido.

Iba ya clara la madrugada cuando ambos se abrazaron.

Veo ahora a mis padres en esta fotografía de hace más de cincuenta años, hecha cuando mi padre había vuelto ya de la guerra -la que quedó para siempre como la Gran Guerra- y mi madre estaba encinta de mi hermano, muerto niño, del garrotillo. Están de pie los dos, bellos y jóvenes, cara al fotógrafo, con un aire de solemne gravedad que es, quizá, temor ante la máquina que fija la imagen imposible de retener sobre los rostros así preservados. Mi madre asienta el codo derecho en una columna, y sostiene una flor con la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo. Mi padre pasa el brazo tras la espalda de mi madre, y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como si fuese un ala.

Ambos pisan tímidos una alfombra de ramaje. Al fondo, una tela muestra vagas arquitecturas neo clásicas.

Tenía que llegar el día en que contara estas cosas. Nada de esto tiene importancia, a no ser para mí.

Un abuelo bereber, otro abuelo dejado en el torno de un hospicio (quizá hijo oculto de una duquesa, ¿quién sabe?), una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato… ¿qué otras genealogías pueden importarme?, ¿a qué mejor árbol me podría arrimar?

Nota: las bastardillas son nuestras

 

NUESTRO COMENTARIO

 

El impulso de la gente que echa una mirada y a veces bucea en el mar de sus vínculos de consanguinidad buscando y estableciendo nexos con los datos que va encontrando, sean nombres, fechas, lugares, oficios, posiciones sociales, etnias, no necesariamente es un juego de vanidades como nos sugiere Saramago. Es cierto que algunos no disimulan su sentimiento de pequeñez y son buscadores del capital prestigioso heredado, real o imaginario, a través del cual se creen o necesitan sentirse más importantes. Sin embargo, aún en estos casos, la búsqueda va encubiertamente más allá de la fantasía de ser descendiente de un Napoleón Bonaparte o de una Cleopatra. Se trata las más de las veces de encontrar identificantes consanguíneos para tomar de su fuerza en situaciones de debilitamiento. Cómo Joseph Cinqué, el africano esclavizado de la película Amistad, de Spielberg, que llamaba a sus ancestros y les pedía aguante, sostén y potencia para soportar lo sufrido: el rapto, las torturas, las muertes, las humillaciones. O para tomar consejo y figura de un abuelo con mucha calle. O recibir la coquetería que le falta a una descendiente de una bisabuela muy “femenina”. La consanguinidad en la que atávicamente “todos somos uno” es el mejor campo para lograr identificación, un “ser como”.

Otras veces la búsqueda en el atrás genealógico apunta a des-cubrir el origen de repeticiones genealógicas de conductas disfuncionales, síntomas y enfermedades. El develar los secretos de familia ocupa un lugar especial en el movimiento al pasado- vivo ya que nos permite percibir las implicancias de los mismos con la vida actual.

Nuestro trabajo supone un mirar con rayos x para buscar lo inadvertido, lo inconsciente. Trabajamos en las fronteras sutiles dónde se encuentran la oposición entre lo aparente y lo oculto, lo manifiesto y lo latente, los disfraces y el deseo. Así como los deseos inconfesables se reprimen, las escenas traumáticas generalmente ligadas a muertes, a abusos sexuales, a filiación y a traiciones se conservan en el inconsciente geno familiar con la finalidad de reparar y restaurar lo atinente al trauma. El sentimiento de vergüenza es común tanto a la represión de deseos como a la “represión conservadora” del trauma.

Sin embargo, como sabemos desde S. Freud, lo inconsciente atraviesa disimulado la guardia y la censura y se manifiesta en síntomas y conductas como materializaciones de la palabra. Se encubren las verbalizaciones, el no-dicho, palabras que son enterradas vivas.

Transcribo aquí la apreciación profunda, certera y compartida de Carl Gustav Jung sobre el peso “psíquico” de los antepasados en la vida de sus descendientes. Es una lástima que Saramago no lo hubiera leído. Lo hubiera conectado con una nueva perspectiva y sacado provecho.

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 Carl Gustav Jung

“Mientras trabajaba en mi árbol genealógico, me di cuenta de la extraña comunión de destinos que me conectaban a mis antepasados. Tengo la fuerte impresión de estar bajo influencia de cosas y asuntos que quedaron incompletos y sin respuesta por parte de mis padres, mis abuelos y de otros antepasados.  A menudo parece que hay en una familia un karma impersonal que se transmite de padres a hijos.  Siempre pensé que tendría que responder a las preguntas que el destino ya había propuesto a mis ancestros, sin que estos les hubieran dado una respuesta. Mejor dicho, debería terminar o simplemente continuar, tratando problemas que las épocas anteriores habían dejado en suspenso.  Por otro lado, es difícil saber si estos problemas son de naturaleza o carácter personal o general (colectivo).  Si bien no se reconoce como tal, un problema colectivo siempre se toma personal y de vez en cuando genera la ilusión de un cierto desorden en el campo de la psique personal.  De hecho, este tipo de perturbaciones se producen en el ámbito personal, pero no son necesariamente primarias: son secundarias y son el resultado de un cambio desfavorable en el clima social.  En este caso, por lo tanto, no hay que buscar la causa de la perturbación en el ambiente personal, sino en la situación colectiva. La psicoterapia no ha tenido en cuenta suficientemente ese hecho. “(CG Jung, Recuerdos, sueños y pensamientos)

 

Sin haber sido convidados, respetuosamente vamos a hacerle “terapia” psicogenealógica a José Saramago a partir de su texto y de otros datos biográficos obtenidos. Un juego con su lado serio. Admiramos a la gente que como José tuvieron una infancia dura y que a pesar de, o quizás a causa de, supieron forjar un destino rico en experiencias y en profundidades.

Admiramos también a quién supo escribir tan lindo sobre su abuela. Un canto a todas las abuelas del mundo, las reales y las imaginarias. Los invito a leerla:

 Tienes noventa años. Estás vieja, dolorida. Me dices que fuiste la muchacha más hermosa de tu tiempo ― y yo lo creo. No sabes leer. Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies como acortezados. Cargaste en la cabeza toneladas de leña y de haces, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con el pan que has amasado podría hacerse un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu cama cuando el frío amenazaba con helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres-lobo, viejas cuestiones de familia, un crimen de muerte. Viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar ― siete veces quedaste grávida, siete veces pariste.
 
No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de literatura, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unos cientos de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con eso viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los casos de la calle, a las bodas de las princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos de los que ya ni el recuerdo te queda, y grandes dedicaciones que se asientan en nada. Vives. Para ti, la palabra Vietnam es sólo un sonido bárbaro que nada tiene que ver con tu círculo vital de legua y media de radio. De hambres, sabes algo: viste ya una bandera negra izada en la torre de la iglesia. (¿Me lo contaste tú, o habré soñado que lo contabas?) Llevas contigo tu pequeño capullo de intereses. Y, sin embargo, tienes ojos claros y eres alegre. Tu risa es como un cohete de colores. Nunca he visto reír a nadie como a ti.
 Te tengo delante, y no te entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no te entiendo. Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida, y el mundo es aún para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, algo que no forma parte de tu herencia: quinientas palabras, huerto al que en cinco minutos se da la vuelta, una casa de tejas y el suelo de tierra apisonada. Aprieto tu mano callosa, paso mi mano por tu rostro arrugado y por tu cabello blanco que resistió el peso de las cargas ― y sigo sin entender. Fuiste hermosa, dices, y veo muy bien que eres inteligente. ¿Por qué te han robado, pues, el mundo? ¿Quién te lo robó? Pero quizá de esto entienda yo, y te diría cómo, y por qué, y cuándo, si supiera elegir entre mis innumerables palabras las que tú podrías comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti ― y sin mí también. No nos habremos dicho el uno al otro lo que más importa.
 
¿Realmente no nos lo habremos dicho? No te habré dado yo, porque mis palabras no eran las tuyas, el mundo que te era debido. Me quedo con esa culpa de la que me acusas ― y eso es aún peor. Pero, por qué, abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa, hacia el cielo del que nada sabes y por el que nunca viajarás, hacia el silencio de los campos y de los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida: « ¡El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morir!».
 
Eso es lo que yo no entiendo ― pero la culpa no es tuya.

Sus padres fueron campesinos pobres, sin tierra. Creció en un barrio pobre de Lisboa. A los quince años dejó el colegio para ponerse a trabajar. Su madre analfabeta le regala su primer libro. Quizás una suerte de regalo-ritual que lo destina. Como la abuela que crio al periodista- escritor Jorge Lanata, también analfabeta. Hijos y nietos que sanan dolores y carencias familiares (aquí el vergonzante analfabetismo), siendo exitosos con “las letras”.

La pobreza y su contexto definen el mundo originario de Saramago y su ´compromiso político. La carencia, el sabor a papa rústica, los mundos de la orilla donde el amor y la muerte se encuentran crudamente definen el haber literario de Saramago y su estética.

Otro dato “duro”, de esos que marcan la vida, es el acontecido cuando José tenía 2 años: la muerte por difteria de su único hermano Francisco, dos años mayor.

José, en su escrito, nos ofrece algunos datos de su biografía familiar y como se vincula con ellos. No podemos dejar, conforme a nuestro modo de ver y apreciar, de mirar bajo la superficie, de conectarnos con lo latente e invisible de conductas y contextos.

Para esto tenemos que saltearnos la “literatura” del texto, su estética y abordar aspectos ásperos de su contenido.

Percibimos idealizaciones de ambos abuelos. Quizás como un contrapeso: formaciones reactivas para evitar conectarse con los sentimientos de dolor que emergen de ambas historias. Es frecuente observar lo lindo, las luces de las historias, y ponernos fóbicos con lo que duele, con el dolor vivido por otros, con sus vergüenzas y sus temores. Como si el no tenerlos en cuenta evitara que nos afecten.

Linaje materno: aparecen datos no claros. El “berebere”, ¿es su abuelo o su bisabuelo? Por momentos lo dice abuelo y por otros bisabuelo. Como “el tema” del “berebere” es pesado resulta extraña tamaña confusión. Suena a abuelo por la cercanía. De todos modos, no le hace.

Nos narra un asesinato: una víctima sin escopeta y q tenía razón y su abuelo materno q lo mata, frío. Por lo q dice, un crimen pasional. No lo detuvieron.

“Este antepasado mío me fascina… hasta el punto de que, si fuera posible viajar en el tiempo, más quisiera yo verle a él que al imperante Carlomagno”.

Como podemos ver este atractor es muy intenso. José nos cuenta de la admiración por este abuelo, una suerte de guapo con pocos códigos y gatillo fácil. Victimario criminal de alguien “sin escopeta” y que no fue condenado vaya uno a saber por qué ¿Qué idealización o necesidad de virilidad hay en esta atracción que “viaja en el tiempo”?

Nos hace acordar a Borges y su relación con lo guapos orilleros por un lado y su omnipresente madre por el otro. Un atractor con tanto exceso de testosterona y salvajismo que impide percibir su acción criminal. Una suerte de legitimación resuena en el modo de presentarlo como fruto de una historia pasional. Hay una víctima. Nosotros la miramos. Como miramos también el dolor de su madre, sus hermanos, hijos si los hubiere, una mujer. Y el sentimiento de injusticia y de temor que los invade cuándo saben que el criminal anda suelto. ¿Cómo afectó este hecho a la familia del berebere? ¿A su hija, madre de José? ¿Fue José un hombre de “escopeta”, de “gatillo fácil”?   ¿O fue un hombre “sin escopeta”?  ¿Qué lugar ocupó en la vida de José “lo víctima”?

Si José estuviera con nosotros le pasaríamos la película completa y nos detendríamos en la escena del crimen. ¿Qué siente José por la víctima?   Convocaríamos simbólicamente al abuelo y la víctima, quizás con sus respectivas madres y padres, para que “vuelvan” a afrontar el suceso. Desde nuevos tiempos. Todos muertos-vivos y más sabios por esta cualidad. Ahora trabajando para un bien común en un espacio psíquico que Levy Moreno – el creador del psicodrama y la terapia grupal – llamó “realidad suplementaria”.

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Cuando quedan situaciones pendientes en una familia, los muertos que tienen que ver con esas escenas, tienen presencia intrapsíquica. Son muertos- vivos.

“Uno de nosotros, mi abuelo materno cometió un crimen y llenó de dolor a una familia. Como su nieto pido disculpas”. Podrían ser palabras reconciliadoras dirigidas a la familia de la víctima. Dichas por José, que participa de la escena que convoca a los participantes de un pasado viviente. Como nieto resulta un damnificado por las implicancias que en su vida produce la unión en destino de víctimas y victimarios.

“Abuelo, tomo de vos tus fuerzas instintivas, tu berebere salvaje. Y lo tomo a mi manera. Filtrado por la ley humana. Dejo con vos todos los excesos”.

Nos encontramos con el Síndrome “V” (víctimas y victimarios) La apertura de los escenarios dramáticos desde este presente nos permite afrontar la escena para resignificarla. Expresar los no dichos, pedir las disculpas que correspondan, exigir lo faltante, lograr arrepentimientos, promover la compasión y la empatía entre víctima/victimario y un principio de reconciliación.

Desde nuestra experiencia adherimos a la sentencia popular del “el que las hace las paga”. Es karma. Si no ocurre en la generación dónde se realizó el daño, pasa como tarea a sus descendientes que, de algún modo, “pagan” por las faltas de sus antepasados. Es lo que enseña la psicogenealogía y de la cual tenemos cantidad de evidencias clínicas.

“Volver” conscientemente a las escenas fundantes del trauma para resignificarlas en una nueva “realidad suplementaria” libera de cargar con sus efectos a los descendientes.

Línea paterna: un abuelo huérfano de madre y padre. Como José nos dice: “aquel abuelo porquerizo de cuyos padres nada se sabía, abandonado…”. Como suele ser habitual en lo huérfanos para sobrevivir se endurecen: “porque erahijo bravo”.

Este abuelo transita, según el relato de José, por dos situaciones de dolor. La primera corresponde a su situación de huérfano, de “guacho”. Hijo abandonado por sus padres- suponemos-, se encontró con la falta insustituible de hogar. Posiblemente tomado por el impulso compulsivo hacia la búsqueda de madre, que caracteriza al tipo y que los hace a veces mujeriegos porque ninguna mujer llena la fantasía idealizada de la madre. Y seguramente investido con la excesiva calle, su marginalidad frecuente y el culto necesario al aguante y a la dureza del vivir.

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Boris Cyrulnik es un psiquiatra creador del concepto de resciliencia. Fue un niño judío sobreviviente al genocidio. Como niño fue entregado en guarda a varias “familias sustitutas”. Autor de un célebre libro “Los Patitos feos” logró transformar su destino difícil en sabiduría y amor. Es un especialista asesor de UNICEF para niños en situación de calle, es decir abandonados a la buena de Dios.

Los hijos “guachos” se endurecen para poder sobrevivir y algunos de sus descendientes se “ablandan”. Son como excesivamente niños con sus parejas y se dejan y buscan cuidados maternos. Realizan, tomados de un impulso ciego y compulsivo, el deseo inconsciente del “guacho”: sobre todo madre y hogar. Estas polaridades, como “dureza-blandura” o “sobreprotección -orfandad”, las llamamos “sintomatología antitética”. Un programa del inconsciente familiar que se repite en la genealogía y que llama a su resolución. Cuánto de este destino le tocó vivir a José no lo sabemos.

Si así hubiera sido lo trabajaríamos volviendo a las escenas de la orfandad. En un plano ritual, simbólico, virtual, lograríamos enraizar al abandonado con sus padres, a darles un nombre (nominar da existencia) y lugar en la cadena de significantes, y a ubicar en ese contexto el abandono y sus derivaciones para que no rebote en las generaciones.

El otro tema a tramitar en la vida del abuelo es la exclusión de la aldea a la que llegó para echar raíces. El “guacho” suele estar estigmatizado. Como niño de la calle se espera lo peor de él. Se lo vive como alguien despiadado, envidioso y anómico que infunde temor. Son aspectos verídicos de la psicología de algunos huérfanos. También los hay propensos a ser muy obedientes y fieles a instituciones que los cobijen. Y otros mezclan rebeldía con hospitalismo.

El abuelo de José fue rechazado por los aldeanos. Lo pondríamos en escena: “Por favor acéptenme, tengo hambre de afecto. Ténganme paciencia. A veces soy muy desconfiado porque me acostumbré a vivir golpeado”.  Seguramente más de un aldeano hubiera (o lo haría en un psicodrama) realizado un movimiento amistoso hacia el huérfano, suficiente para un nexo inclusivo.

La orfandad de un ancestro en los descendientes genera sobreprotección. Dos caras de la misma moneda. Puesto en ritual escénico el abuelo “guacho” se lleva los dolores de la orfandad liberando a sus descendientes. Al mismo tiempo les transmite su aprendizaje: les pasa el aguante y la dureza que los descendientes pueden tomar a su modo.

Es altamente posible que la orfandad sea constitutiva de ambos abuelos y que la pareja (madre/padre de José) se haya formado en espejo: ambos hijos de padres huérfanos.

La muerte prematura de un hijo, de un hermano es, casi siempre, un dolor de pérdida difícil de elaborar. Un cataclismo devastador para una familia.

“y mi madre estaba encinta de mi hermano, muerto niño, del garrotillo”. Así recuerda José a su hermano. Tuvimos que rastrear la data en su biografía para encontrar el acontecimiento duro, quizás el más duro de su infancia: su hermano Francisco murió de difteria o de bronconeumonía (como averiguó más adelante) a los 4 años en un contexto de mucha pobreza dónde la atención médica era escasa, mala o nula. En ese entonces José era un pequeño niño de 2 años.

Suponemos que la muerte de su hermano dejó en Saramago una marca indeleble. ¿Cómo afectó a su madre? ¿El vínculo con José se vio afectado? En “Las pequeñas memorias” –libro autobiográfico publicado en 2006 – nos dice:Cuando hace muchos años me vino la idea de escribir los recuerdos y experiencias del tiempo en que era pequeño, tuve presente que debía hablar de la muerte (ya que tan poca vida tuvo) de mi hermano Francisco”.

Su madre entró en tristeza. Seguramente la apuntaló la necesidad de cuidado, de no ensombrecer a su hijo más pequeño sobreviviente. Llantos en silencio o a escondidas. A pesar del disimulo, la aflicción solía manifestarse. José percibe la tristeza de la madre. No se la explica y no tiene, suponemos, otro modo que auto referenciárselo. Quizás en un por mi culpa: murió por mis sentimientos hostiles. E intentará por todos sus medios de borrar la tristeza de su madre llenándola de todas las alegrías posibles, sobre todo cumpliendo sus deseos. Todos los hijos quieren sacarle una sonrisa a su madre. Pero mucho más aquellos que la perciben inconsolablemente triste.

Por otra parte, suponemos, la madre se apega más a su hijo vivo. Un hijo muerto es una catástrofe. Los dos hijos muertos empujarían a convivir con la locura y la muerte. Razón de sobra para extremar la sobre protección del hijo sobreviviente.

Sobrecarga de apego materno por un lado y lealtad al dolor de la madre por el otro formaron una soldada unión de destino.

Francisco, “Chico” como lo llamaban sus padres, como todo niño muerto se transforma en un “fantasma familiar”.  Siempre presente, como un muerto-vivo con el cuál su familia establece un vínculo.

Los muertos son un capítulo importante del abordaje de la psicogenealogía. Importan sobre todo los fallecidos prematuramente, los que murieron en circunstancias trágicas, los muertos- víctimas de acciones de miembros de la geno familia, los que cometieron actos indebidos o inconfesables intra o exo familiares y los muertos adultos con los que se tenía un apego intenso. Los no duelados, los mal o no enterrados necesitan ser considerados. Los abortos provocados y los espontáneos con peso psíquico forman parte de la red de fallecidos de la familia. El alcance de esta red pasa por los muertos “personales” dónde se incluyen los amigos y las mascotas en la medida que inquietan sobremanera. Y sigue por los fallecidos en la familia actual, la de origen y la ancestral. En lenguaje popular nos la vemos con “las almas en pena”. Difuntos de nuestra biografía y geno familia que portan dolor y/o exclusión y que permanecen en el inconsciente personal y geno familiar como “fantasmas psíquicos”.

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Marie Török

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Nicolás Abraham

 

El descubrimiento de la ligadura del “fantöme” con la transmisión transgeneracional de duelos traumáticos se lo debemos a Marie Török y Nicolás Abraham. Durante las décadas del 60 y 70 supieron abrir desde el psicoanálisis una nueva y revolucionaria mirada: la clínica transgeneracional.

De modo general, todos los muertos de 3 a 4 generaciones tienen el status de muertos- vivos. Viven en el recuerdo, aparecen en nuestros sueños, les damos vida en las fotos y objetos de su pertenencia que amorosamente guardamos. También están “vivos en nosotros” cuando adherimos a sus concepciones de vida, imitamos sus conductas y continuamos sus deseos.

De estos “muertos vivos” algunos se transforman en “fantasmas psíquicos”. Su espacio y su accionar son inconscientes. Y como tales se materializan en conductas raras, atractores raros e incomprensibles, fechas de repetición, nombres que los aluden, síntomas y enfermedades que remiten a sus historias. En estos modos de ser “somos” el difunto, lo “encarnamos” o bien se encarna en nosotros.

Con estos muertos vivos podemos estar conectados con la culpa. Un “por mi culpa” o bien una suerte de culpa que deviene en deuda: la llamada culpa del sobreviviente. En ambos caso la culpa paga. En general en la misma moneda buscando expiación o compensación. Si estas culpas actúan de modo inconsciente la compensación es ciega y compulsiva.

Los muertos mientras permanezcan en el recuerdo de miembros de la familia necesitan sentirse útiles. Es parte de su demanda. No solamente reconocimiento, “entidad”, y nominación en el caso que no lo hubieran tenido. Tampoco basta con señalarles el lugar de posición en la fratría, hijo mayor por ejemplo. Los muertos cargan al igual que los vivos la necesidad de sentirse útiles al bienestar y prolongación de la especie a través del clan familiar. Lo percibimos como una experiencia vivencial y clínica cuando llenamos de contenido al “significante muerto”.

Cuando la muerte resultó prematura, mucho antes de lo esperable como es el caso de los niños muertos, es necesario como parte del duelo realizar un pacto de “utilidad”: los no nacidos, los bebés y niños fallecidos quieren que sus descendientes vivos “vivan” por así decir, lo que a ellos les fue imposibilitado. Este pacto tiene una potencia tal que se convierte en una representación estructurante de vitalidad y resciliencia.

Cuando les preguntamos a los fallecidos [no se trata de “espíritus” sino de muertos que actúan como significantes en la psiquis de cada cual], si prefieren el silencio de la nada – o bien el Cielo o alguna de sus semejanzas – o “aún” permanecer con los vivos en calidad de “útiles” suelen optar por ésta última. Aún los más crueles prefieren permanecer en el “panteón del bestiario” si en su frontispicio está escrito como legado “Nunca más”.

Estos pactos con los fallecidos suelen las más de las veces realizarse en el plano inconsciente. No obstante, hacerlo consciente lo dota de un saber que afirma más la potencia del pacto.

Volviendo a nuestro Saramago, la búsqueda intensa de la partida de defunción de su hermano fallecido Francisco para determinar el día de su muerte, realizada en la adultez, es un indicador de su deseo de encontrarse con “él”. Seguramente para expresarse mutuamente aquello “no dicho” entre ambos y que quedó silenciado, herrumbrado en el desván de la historia común.

Seguramente si lo teatralizamos lo primero que va a ocurrir es un abrazo profundo entre ambos. Abrazo que se extiende e incluye también a los padres.

Estos abrazos han sido un deseo de amor y de unión familiar vivos en el inconsciente de Saramago y los suyos. Su expresión produce alivio y establece un pilar psíquico, una representación del amor familiar, del hogar, que estructura y da fuerza. Una vivencia de hogar que se las puede con las adversidades de la vida.

Seguramente José le diría a su hermano: “hubiera sido feliz haber compartido la vida contigo, vos como hermano mayor y yo como menor”. Esta necesidad de compartir mutua la sellarían con la presencia activa en la vida de José de su “hermano imaginario”, en todas sus variantes, al modo del amigo imaginario de muchos niños.

Tramitaríamos, si la hubiera, la rabia contra el destino que da y quita a su antojo “y se llevó a mi hermano y enlutó a la familia”. Como también si la hubiera, la culpa por haber sido el más beneficiado de la fratría: “soy el que quedó con vida y la vivió”. La imposibilidad de realizarse de un hermano que falleció muy pronto suele compensarse con la “súper” realización de algún hermano. Solemos encontrar en la biografía de muchos exitosos la existencia de hermanos muertos. Reconocer ese “plus” de estímulo que viene de lo “no vivido” por su hermano y “dedicarle” el éxito logrado suma verdad y amor al vínculo fraterno.

Quizá suene extraño esta manera de vérnosla con nuestros muertos. Aristóteles decía que “el alma es todas las cosas”. Nosotros percibimos vínculos vivenciales: con los vivos, con las ideas, con los sueños, con la naturaleza, con las emociones y con todo aquello que cabe en el “ser vinculados”, entre ellos, los muertos en general y nuestros muertos en particular.

Han sido los precedentes comentarios desde nuestra visión de la psicogenealogía realizados sobre textos de Saramago. Un atrevimiento en la medida de la escasez de información y también una oportunidad para realizar acotadamente un Mapeo biográfico/genofamiliar de José Saramago y su familia.
                                     Tobías Holc   mayo del 2016

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