Jennifer Teege

“LOS SECRETOS FAMILIARES DEBEN AIREARSE”

Transcribo uno de los párrafos de la carta: “Algunos de nosotros, mi padre y mi abuelo se equivocaron. Ellos creían en un ideal equivocado: se creían más por pertenecer a una raza que consideraban superior a todas las otras. Además querían llevarnos a un mundo dónde reinara la ley del más fuerte sometiendo a los más débiles. En el nombre de estos principios cometieron las más horrendas atrocidades. Muchas de ellas a tu familia y a tu comunidad a la que consideraban los gestores del mal. No puedo imaginarme y tampoco puedo borrar de mi mente, de mi memoria, las locuras escuchadas en la mesa familiar. Nos toca a nosotros Agradezco a Ana María Izarcelaya haberme acercado el texto del reportaje a Jennifer Teege. Una oportunidad para reflexionar y aplicar conceptos de la clínica transgeneracional. Los genocidios, las matanzas en masa y los crímenes en general son un capítulo importante de la psicogenealogía y de la terapia de duelos ancestrales. Inevitablemente estos traumas se transforman en un peso importante para las familias afectadas, sean estas del lado de las víctimas o la de los victimarios. Los traumas transgeneracionales suelen marcar el destino de una genealogía.
Cuando leí la biografía de Jennifer, que a continuación voy a reproducir y comentar, me súper impactó.
Un abuelo nazi, genocida, llamado “el carnicero” y “la muerte” por los sobrevivientes judíos y polacos del campo de Plaszów, en Polonia. Juzgado, encontrado culpable de homicidio, fue la primera condena de este tipo en un juicio por crímenes de guerra por “matar, mutilar, y torturar a un gran número no aclarado, de personas”. Fue linchado por los polacos en 1946. Filmado en sus detalles se puede ver en You Tube (execution of Amon Göeth). Confieso que es la primera vez que vi algo así, tan en vivo, tan real. Y si bien You Tube nos tiene acostumbrados a ver “de todo”, esta filmación impacta. Seguramente fue filmado para hacerlo público, como si fuera en una plaza de pueblo. Desde este lugar no remite a morbo amarillo.
Spielberg que lo retrata en “La lista de Schindler”.
Su amante y madre de su hija – Ruth- que se suicida cuando se hacen públicas sus acciones monstruosas narradas por sobrevivientes.
Su nieta “negra” – Jennifer -escribiendo un libro (2013) y dando conferencias: “Si mi abuelo Amon vivera me mataría por negra y mi abuela no lo impediría”.
Su madre – Monika -que la parió y la dio en adopción diciéndole a la gente: “yo no soy mi padre” y preguntándose ¿tengo que amar a mi padre?
Estos son ahora nuestros actores, representantes de una tragedia como pocas. Cómo se sabe, las situaciones límites suelen ser fuente de reflexión y aprendizaje. Y aplicables a contextos similares dónde nos la vemos con lo más sublime y lo más siniestro de “la condición humana”.
Las historias trágicas son útiles para pensar en términos de “Reconocimiento, Reparación, Restauración y Reconciliación”. Las Cuatro Erres que posibilitan salir del trauma transgeneracional cuando miembros de una familia causan daños profundos a propios y extraños.
El reconocimiento alude a la afirmación de la existencia del daño y a la unión en destino de las víctimas y victimarios. Esta conciencia abre la posibilidad de reparar el daño. El genuino arrepentimiento, la empatía con el otro, el perdón y la compasión, el pagar en la misma o equivalente moneda del daño son dispositivos que ayudan al movimiento reparatorio. La restauración alude a lo que faltó, a lo que fue transgredido en el daño y que debe re implantarse. La reconciliación y el retorno de la confianza básica es su producto final. Un trabajo de la genealogía.

El impacto de las historias que vamos a considerar tiene para mí un plus, hace vibrar mucho de implicaciones personales. En algún punto se tocan con experiencias y sucesos intensos de mi vida. Como no es esta una historia de un otro distante permítanme comenzar con el relato de aspectos autobiográficos.
Ciertos dolores de familia necesitan ser drenados, descargados cada tanto. Quizás mi parte en esta historia aún necesite, cada tanto, volver a descargar en catarsis.
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Mi familia de origen por ambas ramas fue aniquilada durante el genocidio judío perpetrado por el nazismo. Durante más de 9 siglos vivieron en Polonia. Conformaban una aldea pobre de unas 5.000 personas de las cuales la mitad era judía. Y como resulta lógico muchos emparentados y otros tantos cruzados clandestinamente con los polacos nativos en una suerte de atracción por lo diferente. Durante 1942 los nazis los cercaron en un gueto. Les quitaron los abrigos que los protegían del frío. Redujeron la comida a la mitad de lo necesario. Y así fueron diezmados por hambre, frío, enfermedades y fusilamientos cotidianos. Los que quedaron vivos fueron llevados en 1944 al campo de exterminio en Treblinka.
Mi madre tenía una familia numerosa. Eran ocho hermanos y muchos primos y tíos. Nadie quedó vivo. Del lado de mi padre también una familia numerosa de la que quedaron vivos solamente un hermano que se había radicado en Argentina en la década del 1920 y un sobrino de otro hermano asesinado en Auschwitz.
Mis padres escaparon a Rusia apenas ocurrió la invasión alemana a Polonia y lograron sobrevivir. Allí enterraron dos pequeñas hijas y sufrieron heridas de guerra y amputación. Terminada la guerra volvieron a su aldea natal y se encontraron con la triste noticia del exterminio masivo de sus familias, de sus amigos y de su comunidad. En ese contexto nací yo, Tobías. Ayudados por parientes radicados en Estados Unidos antes de la primera guerra mundial pudimos llegar a Argentina en 1949 y comenzar aquí una nueva vida. Una tierra generosa y abierta se transformaba en hogar, en esperanza. Hasta aquí una historia – reducida por cierto – parecida a muchos otros inmigrantes judíos europeos sobrevivientes de postguerra.
Lo demás sintoniza con los gringos que llegaron a estas tierras. Trabajo intenso, educación pública para todos. El crisol de razas, la construcción de una identidad.
Estudié psicología. Me casé y formé una familia con tres hijos.
En ese entonces, alrededor de 1980, viajamos a Chiloé un tanto por vacaciones y otro por motivos profesionales. Allí conocimos una pareja joven de alemanes. Vivieron en Chile durante dos para estudiar postgrado, visitar parientes y recorrer el país en una vieja combi convertida en motor home. Este era su último viaje al sur chileno. Nos caímos bien y quedamos en alojarlos con nosotros en Buenos Aires. Un tiempo corto y luego se volverían a Alemania. Así fue. Al poco tiempo los teníamos viviendo con nosotros. La casa chica y el corazón grande.
Apenas llegados y en un clima de intimar, el joven geólogo alemán nos dice de su familia: mi padre fue SS y estuvo destinado un tiempo en Treblinka. Quedé shockeado. Allí habían aniquilado a muchos de mi familia. Mi sorpresa y estupor se deben haber notado. Un silencio siguió a su sinceramiento. Pude haber callado. No fue así. Lo miré fijamente. Fritz no podía sostenerme la mirada. Allí supe de su vergüenza, de su culpa oculta. Entonces le conté mi historia de descendiente judío de sobrevivientes al genocidio y el lugar de tumba familiar que representaba Treblinka. ¿Qué fuerza nos impulsaba a sincerarnos, a abrir estos espacios inequívocos de dolor con otros casi desconocidos? Los dos habíamos nacido en la post guerra, éramos una segunda generación de sucesos no vividos en forma directa sino transmitidos por nuestros padres.
Esa noche no pude dormir. Imaginaba a mis padres de visita en nuestra casa y encontrándose con un hijo de SS participante del campo de exterminio de Treblinka. Temí por la salud de ellos. Lo pensé, lo conversé con mi mujer, pedí una sesión de análisis y lo terminé de evaluar y decidir. Les expliqué la situación y les pedí que se fueran. No sentía odio. Su vergüenza, su sinceridad me acercaron, pero no tanto. Cuando los recibí hubo abrazos. Ahora, para despedirlos solamente pude darles la mano. Y me costó.
Pasó algo más de una año cuando recibí sorpresivamente una carta. Era de Alemania y el remitente de ellos. Nos informaban que habían tenido un hijo varón y lo llamaron Tobías, como mi nombre, como el nombre de un descendiente de judíos posiblemente asesinados por su padre o por lo que el padre representaba. Fue conmovedor y al mismo tiempo profundamente reparador.
pagar por la vergüenza que sentimos. Encontrar formas de pagar la culpa y la deuda que nos aquejan y hacernos cargo de ellas nos vuelve a dar un poco del orgullo que perdimos. Recién ahora, cuando decidimos llamar Tobías a nuestro hijo, puedo mirarte a los ojos y decirte lo siento desde un lugar diferente”.
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Monumento Conmemorativo de los asesinados en el campo de exterminio de Treblinka.

En la actualidad es Monumento Nacional de Polonia.

Entrevista de Claude Lanzmann con el SS Unterscharführer Franz Suchomel dónde éste cuenta sobre los primeros días de Treblinka en agosto de 1942.
Cuando llegué, Treblinka estaba operando a toda su capacidad. El gueto de Varsovia estaba siendo vaciado para entonces. Tres trenes llegaron en dos días, cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas de Varsovia… Así que llegaron tres trenes, y desde que la ofensiva contra Stalingrado estaba en su apogeo, los convoyes de judíos eran dejados a un lado de la estación de tren. Lo que es más, los vagones eran franceses, hechos de acero. Así que
“Cuando llegué Treblinka estaba operando a toda su capacidad. Tres trenes llegaron en dos días. Cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas venían trasladadas del gueto de Varsovia. Los vagones eran franceses, hechos de acero. Los convoyes repletos de judíos eran dejados a un lado de la estación de tren. Se calcula que de cinco mil judíos que llegaban a Treblinka, tres mil morían en los vagones. Tenían las muñecas cortadas, o simplemente estaban muertos. De los que bajaban del tren, la mitad estaban muertos y la otra mitad locos. En los otros trenes que venían de Kielce y otras partes, al menos la mitad estaba muerta. Los apilábamos [en la rampa]. Miles de personas apiladas una encima de la otra en la rampa. Apiladas como madera. Además de esto, otros judíos, aún vivos, esperaban ahí durante dos días: las pequeñas cámaras de gas no daban abasto. Funcionaron día y noche durante aquel período.”
Un comentario: alguna vez fui colaborador del Museo del Holocausto (Shoa) de Buenos Aires. Allí escuché historias terribles, inimaginables de los sobrevivientes. Uno de ellos había sido transportado en tren a uno de los campos de exterminio nazis. Me contó de los suicidios en masa que ocurrían en los vagones. Sabían que los conducían al matadero. Llegados al límite, preferían suicidarse, matar a sus hijos y no permitir ser más humillados. Elegían como morir. Un último acto de libertad que sirviera de ejemplo para los descendientes. Suicidios en masa heroicos. “al menos la mitad estaban muertos”. En este acto los judíos fueron, una vez más, valientes. Alguna vez debería escribirse más sobre esto. Una muerte digna honra la vida.
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Al poco tiempo les conté lo sucedido a mis padres. Sabía que les haría bien. Y así fue. A mi madre le costaba llorar. Se había endurecido y secado de lágrimas, no de afectos. Sin embargo, esa noche los vi llorar a los dos y me sumé a ellos. Mis padres, enojados con Polonia, no habían vuelto a hablar polaco. Poco tiempo después fuimos a comer a un restaurante de la colectividad polaca en Buenos Aires y por primera vez en muchísimos años volvieron a hablar polaco, uno de sus idiomas natales.

Sin título-5Monumento en Treblinka. Cada piedra lleva el nombre de las poblaciones de dónde procedían los que fueron exterminados.

Un ida y vuelta en el campo de la reparación de daños y restauración de faltantes y reconciliación de vínculos rotos. Efectos de señales reparatorias en las generaciones que transitaron el dolor. Años después cuando la madurez de la vida me hizo más consciente, pude ponerle nombre al gesto “alemán”: Tobías, el nombre de mi abuelo materno, fue dado como identidad y como “nombre de reparación” al nieto de un SS que estuvo allí, en Treblinka.
Los “Nombres de Reparación” son un instrumento valioso de la terapia psicogenealógica al servicio de las cuatro erres: reconocimiento, reparación, restauración y reconciliación. En Argentina, Lautaro, Nahuel, Ayllén son nombres tomados de los mapuches – araucanos. Muchos padres blancos llaman así a sus hijos. Son gestos afectivos que pacifican las almas. El odio, el espíritu de venganza de pueblos robados y masacrados se calman con estos gestos que trabajan silenciosamente para una reconciliación. Entendido así, puede sumar a una política de estado para favorecer reconciliación, confianza mutua.

JENNIFER TEEGE
Si fuera Jennifer, la nieta “negra” del “Carnicero de Plaszów”, si pudiera colocarme en sus zapatos, me presentaría de este modo:
“Soy mulata, mi madre es alemana de raza blanca y mi padre nigeriano de raza negra. Viví en Israel, en pareja, enamorada de un judío militar de élite, aprendí hebreo y soy la nieta del llamado “Carnicero de Plaszow”, Amon Göeth, alguien tan cruel y sádico que los sobrevivientes decían que verlo era ver a la muerte.
Nací como “hija de reparación”: para mí una misión en la vida, un lugar social, una identidad. También para otros un trauma puede transformarse en una opción de vida. Les cabe, si así lo sienten y se lo proponen, a cualquier descendiente de ancestros asesinos, estafadores y abusadores de todo tipo para redimir, liberar y volver a incluir a la genofamilia en la comunidad. Y para que no paguen justos por pecadores.
Después de saber de dónde vengo y quiénes son mis ancestros me deprimí y viví confundida. Tramitar los secretos horrorosos de mi familia línea materna me llevo a terapia y luego a escribir “Mi abuelo nazi me hubiera matado”. Me sorprendió su éxito editorial, tanto que logró ser un bestseller sostenido en el New York Times. Las historias duras, los destinos difíciles como el mío y la búsqueda de soluciones a los mismos atraen a mucha gente. Lo atribuyo a que muchas familias esconden secretos de familia y no pueden salir de los efectos de sus toxicidades. Sus repeticiones son vividas como una fatalidad. Buscan a tientas, desesperadamente, lograr reparación y una nueva pertenencia. Una oportunidad de volver a ser. Una tarea difícil pero insoslayable para los hijos, nietos y demás descendientes de victimarios y víctimas. ¿Por qué sumo a las víctimas a la tarea de reparación genofamiliar? Porque aprendí que todo victimario “es”, en lo profundo, su víctima y que toda víctima “es” o carga con ella a su victimario. Lazos invisibles los unen en una comunión de destino”.

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Yo, Jennifer Teege

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REPORTAJE realizado a Jennifer por la periodista española Ima Sanchís el 04/11/2015 en La Vanguardia. Lo transcribimos.
Jennifer nació el 29 de junio de 1970. Tiene 45 años. Su madre es Monika Göeth Hertwig. De su padre solo sabemos que es un nigeriano de raza negra. Con Monika tuvo un corto romance amoroso del cual nació Jennifer.
Jennifer Teege.
Tengo 45 años. Nací en Munich y vivo en Hamburgo. Estoy casada y tengo dos hijos. Me licencié en Historia Africana y de Oriente Medio en Tel Aviv. Trabajé en publicidad 15 años y me dedico a dar conferencias sobre mi propia historia. Soy creyente pero no religiosa.
Mi madre tuvo una relación con un estudiante nigeriano que no cuajó y a las cuatro semanas de nacer me dejó en un orfanato. A los tres años me acogió una familia, pero yo seguía manteniendo ocasionalmente el contacto con mi madre y mi abuela.
Acabaron adoptándola.
A mis 7 años, mi madre se casó con un hombre que era un abusador y mi familia de acogida decidió adoptarme y cortar la relación con ellos.
¿Quería a sus padres adoptivos?
Sí, y a sus dos hijos. Soy parte de esa familia.
¿Volvió a saber de su madre?
A los 20 años la vi una vez. Me contactó mi hermanastra, a la que no conocía ni he vuelto a ver. Tiene muchos problemas con las drogas.
Su abuela se suicidó cuando usted tenía doce años.
Yo no lo supe hasta mucho tiempo después, cuando descubrí la historia de mi familia, pero sufrí muchas depresiones a partir de los 20 años sin saber que estaban conectadas con mi infancia. Me fui a Israel con una amiga y decidí quedarme allí a estudiar. Descubrí los horrores del Holocausto y me enamoré locamente de un hombre de 46 años, una relación imposible.
¿Cómo descubrió su propia historia?
Volví a casa, me casé y tuve dos hijos. Una mañana, a los 38 años, fui a la biblioteca y me llamó la atención un libro rojo, ¿Tengo que amar a mi padre?, de un periodista que no conocía. Había fotografías de una joven que me recordó a mi madre y de una mujer más mayor con el mismo vestido que le había visto a mi abuela.
¿Eran ellas?
Sí, toda la cronología familiar. Fue un shock.
¿Así descubrió quién era su abuelo?
Amönd Goeth, comandante de las SS responsable del campo de concentración de Plaszow, alias el Carnicero de Plaszow. Empecé a buscar por internet, ahí estaba todo y, casualidad, al día siguiente, emitieron un documental sobre mi madre, Herederos.
¿Cómo lo encajó?
Me pasé meses durmiendo, no era capaz de comunicarme. Luego pude ir a un terapeuta que me ayudó a procesarlo. Cuando le conté mi historia el hombre lloró.
Su abuelo era el perverso nazi de La lista de Schindler, la película de Steven Spielberg.
Sí, ¡qué ironía!, recuerdo que vi esa película en Tel Aviv sin saber que aquel hombre que disparaba a los judíos de forma caprichosa desde la ventana de su despacho porque disfrutaba con ello era mi propio abuelo (Interpretado por Ralph Fiennes)
Torturó, mutiló y asesinó a muchísimos judíos. Era tan cruel y sádico que los sobrevivientes decían que verlo era ver a la muerte. Yo estaba tan furiosa con mi madre por habérmelo ocultado que obvié lo dura que había sido su vida.
Ser hija de ese monstruo no sería fácil.
Al final lo comprendí. A mí me obsesionaba saber si había algo de mi abuelo en mí. Pero lo que más me costó fue entender a mi abuela.
¿Enamorada hasta la médula de Göeth?
Ella era la secretaria de Schindler. Vivió dos años con Göeth en el campo de concentración de Plaszow cerrando los ojos a todo lo que él hacía, y tras su ejecución adoptó su apellido. Mi abuela era para mí una mujer adorable, mi luz, y no me despreciaba por el color de mi piel.
Terrible descubrimiento.
Antes de suicidarse concedió una entrevista y no dijo ninguna palabra de arrepentimiento. Entender esa dicotomía fue muy difícil. Hoy sé que mi abuelo me hubiera matado por negra y ella no lo hubiera impedido.
Mi abuelo fue juzgado y colgado, pero mi abuela no sufrió ningún proceso y eso también me costó asimilarlo, porque convivir con ese mal y mirar hacia otro lado es una acción criminal.
¿Qué ha entendido?
Que la vergüenza y la culpabilidad son sentimientos muy tóxicos que afectan a todos tus actos y toda tu vida. Los secretos familiares deben airearse, por eso decidí contarlo y hablarlo con mis hijos. Sólo pude empezar mi auténtica vida, tener una identidad, cuando salieron a flote.
¿Incluso esa identidad?
La verdad es liberadora cuando al fin comprendes que la culpa no se hereda.
El monstruo era su abuelo, no usted. ¿Por qué se sentía culpable?
Está en el subconsciente, es irracional.
¿Por qué dedica su vida a contarlo?
Aunque mi historia es muy particular, comparto con mucha gente temas de fondo como las depresiones. Durante 15 años trabajé en publicidad y nunca nadie supo que tenía una profunda depresión, son cosas que escondes.
Bettina Goëring, sobrina de Herman Goëring, uno de los arquitectos del Holocausto, se esterilizó para cortar con la estirpe. Yo creo que debo dar el ejemplo contrario.
¿Ve a su madre biológica?
Por desgracia, ha cortado la relación conmigo, pero mi puerta está abierta.
Sus padres adoptivos ¿son sus padres?
No. Después de lo que descubrí dejé de llamarlos papá y mamá, para mí así es más auténtico. Necesité reestructurar mi identidad y simplemente puse las cosas en su lugar.
Una historia así ¿se puede superar?
Sí, he tenido muchos años de estabilidad y amor con mi familia adoptiva y buenos amigos.
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Hasta acá el reportaje. Nosotros haremos nuestro comentario psicogenealogía mediante, capítulo Enraizamiento Existencial con las raíces, con las patrias y con los linajes materno/paterno. Hay más datos que surgen de Internet, entre otros una conferencia de Jennifer en la “Fundación Lo Que De Verdad Importa”. Ver https.//www.loquedeverdadimporta.org/ponente/Jennifer-teege
Su padre, nos dice, es originario de Nigeria. Nacido en la tribu “Ibu”, en una aldea al borde del río Niger.
Fue a estudiar a Alemania. Tuvieron con Monika un romance corto. Se separaron durante el embarazo, antes que Jennifer naciera. Le dio un nombre en lengua africana, Isioma, que significa La Afortunada, y quiso llevarla a Nigeria para ser criada por su madre. En el nombre su padre la unió en amor a su madre. Isioma – Monika tienen la misma cantidad de letras, las mismas sílabas y la mitad de letras comunes.
Monika se opuso a enviarla a África con su abuela paterna. No tenemos más información. Raro que no dé a conocer el nombre de su padre. Ni fotos. Nigeria, África, las particularidades de la aldea paterna, la cultura africana son parte de sus raíces, de su ser, de su identidad.
Inferimos que la búsqueda, su movimiento al África paternal, similar al que hizo Barack Obama, está a la espera. La aguardan abrazos, una comunidad de afectos concreta y vital, un segundo paso complementario y en misma tendencia de la licenciatura en Historia Africana lograda en la universidad hebrea.
Nos parece que la historia del linaje materno es tan intensa que la súper impactó. Produjo una marca tan difícil de elaborar que el enraizamiento línea paterna está a la espera de ser abordado. El Inconsciente genofamiliar tiene larga y sostenida paciencia.
Abordemos su rama materna. Su abuelo Amon, tristemente célebre nazi recordado por su crueldad fue miembro de la SS y organizador de campos de concentración y de sus sanguinarias matanzas. Fue capturado, juzgado y ahorcado en 1946 por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Lo ejecutaron los polacos apenas terminada la guerra muy cerca del campo de Plaszow, en Cracovia, lugar dónde lo apodaron “carnicero” y “la muerte”. Murió, según dicen, con el grito de “Heil Hitler”, orgulloso de su pertenencia. Un patriota.
Su abuela Ruth, ex secretaria de Schindler, el de la película, fue su amante durante los últimos años. De esta relación nace Monika en 1945 meses antes que ejecuten a su padre.
Ruth, después del linchamiento, decide adoptar el apellido Göeth, un gesto de amor por su hombre. Desde entonces pasa a llamarse Ruth Göeth y su hija Monika Göeth. Este hecho la involucra de pleno en la afinidad con Amon.
Sobran las preguntas y nos faltan piezas. No obstante, lo esencial de los hechos permanece a la vista.
Monika es hija del sádico Amon, ejecutado, y de Ruth, suicidada. Se entera de quién es su padre siendo adulta. Su madre había trastocado la historia diciéndole desde su infancia que su padre había sido un buen hombre y un héroe.
Durante 1983 Ruth da una entrevista para el documental Schindler, de Jon Blair (es previa a la película La lista de Schindler). En ella, los periodistas le afirman: “Ud. participó y vio la “caza” de seres humanos” aludiendo a las matanzas de Amon con su fusil desde el balcón de su casa: su especialidad las mujeres embarazadas así “mataba dos en uno”. Lo niega. Trata de defenderse y defender la memoria de Amon. Los periodistas le muestran transcripciones del juicio por criminal de guerra: muchísimo testigos que narraban los horrores cometidos por Amon. Ruth no lo resiste y acorralada por la verdad y sus implicancias en la vida social y familiar se suicida un día después. ¿Cómo se suicidó? ¿Siguió en amor a su Amon y murió colgada cómo él? o ¿buscó diferenciarse en su último gesto de vida? ¿Es este un “suicidio liberador” que pague por las culpas? ¿Un intento de liberar a sus postgénitos y cargar ella con la cuenta genealógica?
Sabemos que Ruth supo y frecuentó a su nieta “negra” ¿Qué significó para ella? ¿Un castigo? ¿Una redención? ¿Ambas cosas? Lo negro como raza fue muy descalificada por doctrinas racistas al servicio del esclavismo. Durante el siglo XIX consiguió apoyo ideológico tanto en la interpretación bíblica como en posiciones pretendidamente científicas en el campo de la biología y de la antropología. La frenología, doctrina que enfatiza las diferencias en las localizaciones cerebrales, y la antropometría que mide los cráneos humanos, generaron la idea de las razas inferiores y superiores. En ese entonces las razas inferiores fueron primero la negra y segundo la indoamericana. La raza semítica con los judíos aparece después. El racismo se instaló como cultura de época. Adherían a ella tanto sus sectores intelectuales como lo popular. Un ejemplo, en 1914 la 14 ava. Edición de la Enciclopedia Británica aprueba la ideología racista al sostener que “el negro es intelectualmente inferior al caucásico”.
El destino de las personas de raza negra entre 1933 y 1945 en la Alemania nazi y los territorios bajo ocupación alemana incluyó desde el aislamiento hasta la persecución, la esterilización, los experimentos médicos, la encarcelación, la brutalidad y el asesinato.

Sin título-10Fotografía de propaganda nazi en la que se representa la amistad entre una mujer aria y una mujer negra como pérdida del orgullo de raza Wide World Photo

La propaganda racista contra los soldados negros los describía como violadores de mujeres alemanas y portadores de enfermedades venéreas y de otros tipos. A los hijos de los soldados negros y mujeres alemanas se los llamaba “bastardos de la región del Rin”. A los niños mulatos alemanes africanos se los marginaba en la sociedad alemana, se los aislaba social y económicamente y no se les permitía asistir a la universidad. La discriminación racial les prohibía conseguir la mayoría de los trabajos, incluido el servicio en el ejército. Con la llegada de los nazis al poder, se convirtieron en un objetivo de la política racial y demográfica. En 1937, la Gestapo (policía secreta del estado alemán) ya había arrestado en secreto y esterilizado por la fuerza a muchos de ellos. A algunos los sometieron a experimentos médicos y otros “desaparecieron”.
La ideología etnocentrista nazi exaltando la primacía racial de lo ario y la necesidad narcisista de dominio de lo que consideraban “más bajo y primitivo” tuvieron su epicentro y eclosión moral con lo sucedido en los campos de exterminio. ¿Cómo fue posible? La locura humana exhibida en un plano inimaginable.
Mezclar la sangre aria con lo negro está diciendo mucho en su simbología: otro mundo es posible. Este dicho no está exento de ambivalencias y ambigüedades. Lo nuevo y lo viejo.
Ese fue el movimiento que hizo Monika cuando buscó una descendencia con lo africano. Lo que antes hubiera sido una metáfora del asco se convierte en una atracción redentora y expiatoria. Un salto tremendo que enfrenta en sus fundamentos a la ideología racista. Todos somos humanos. Jennifer es hija de esta concepción. Similar en este punto al origen de Barack Obama quien vino a este mundo a demostrar como líder y presidente de la Nación de mayor peso planetario que “todos somos iguales”. Que un “negro” también sabe y puede. Y que la multiplicidad genética trae beneficios: fortaleza, potencial de adaptabilidad. “Lo impuro”, un campo fértil para la resciliencia. Un ideal cultural que apuesta a una babel futura.
Además, Jennifer tiene otros dos movimientos que interpretamos como misiones psicogenealógicas en su vida o karmáticas si se quiere: cambiar “el ideal” de supremacía de la pureza aria y el “liderazgo mesiánico” que los llevaron a cometer atrocidades en su nombre. Este impulso la conduce a acercarse a lo judío, enamorarse de un judío, aprender su idioma originario: el hebreo y afirmar al Estado de Israel como hogar histórico de los judíos. Así lo hizo. Por otra parte, terminar con la teoría racista de base genética: soy nieta de un monstruo pero yo no soy un monstruo. No soy mi abuelo. Continuación de lo que decía su madre Monika: “no soy mi padre”. Jennifer, por “negra” es más creíble que Monika.
Todas estas acciones inconscientes de Ruth-Monika-Jennifer están al servicio de la diversidad humana como contrapuesta a posturas endogámicas y etnocéntricas que al dividir siembran odio, división y violencia.
Al nieto de Monika, hijo de su hija (hermanastra de Jennifer), lo llaman David como “el rey de Israel”. ¿Un nieto de Amon llamado David? Otro nombre de reparación.
¿Por qué Monika , posiblemente aliada a su madre Ruth, la da en guarda primero y luego en adopción a su hija Jennifer? Para protegerla. Para sacarla de un clima hogareño dónde la lealtad a Amon y a sus principios tenía vigencia. Para no recibir “el odio” del fantasma Amon hubo que alejar a la beba negra.
Ruth, una mujer con un nombre hebreo que significa “compañera fiel” enamorada de Amon, nombre que significa demonio probablemente inspirado en el dios egipcio Amón. Los demonólogos, por su lado, lo han asociado al dios cartaginés Baál Hammon, conocido como el “ángel de la muerte”. Rarezas.
MóniKa tenía 37 años. Por primera vez oía hablar sobre su padre a los sobrevivientes en un programa de TV dónde su madre fue una de las entrevistadas. No más el relato de las bondades del héroe. El sadismo aparecía desnudo en su cruda y trágica realidad. El suicidio de su madre confirmaba a todas luces la siniestra y sorpresiva información. Su hija Jennifer tenía en ese momento 13 años y vivía ignorante y aislada de esta información con su familia adoptiva.
La Lista de Schindler, película estadounidense dirigida por Steven Spielberg fue estrenada en 1993/94. Monika recibe otro cachetazo: su padre Amon aparece como el monstruo nazi de Plaszów. La información esta vez se hace masiva. Unos años después, en el 2002, publica sus memorias. Cómo una forma de catarsis y elaboración trata de diferenciarse de sus padres y acentuar las tareas de reparación. Más adelante, en el 2006, participa del documental Inheritance, dirigido por James Moll.
Poco después coopera en el documental Hitler´s Children (2011) dirigido por el documentalista israelí Zeevi. En él, varios descendientes de perpetradores nazis relevantes describen sus sentimientos, vínculos y recuerdos familiares.
Jennifer se entera de su historia de origen en el 2006. Al día siguiente de encontrar el libro biográfico de su madre, Jennifer ve el documental “Der Mördervater” por la TV alemana: su madre y Helen Jonas- Rosenzweig (quien fue obligada a trabajar como doméstica para Amon Göeth) narran en un encuentro la historia vivida por cada una. Una sincronicidad inexplicable como tantas otras sincronicidades.
Helen Jonas- Rosenzweig afirmó sobre este encuentro en el que también participó una de sus hijas: “Es duro para mí porque ella me recordaba mucho a su padre, es alta y tiene alguno de sus rasgos. Y yo lo odiaba. Pero ella es una víctima. Tiene la voluntad de contar su historia en Alemania y eso es importante. Me dijo que los alemanes no quieren saber, tapan todo para continuar con sus vidas. Es valiente por atreverse a hablar así porque es difícil. Ella está afectada por el hecho de que su padre fuera uno de los ejecutores. Mis hijos también están afectados. Es por eso por lo que hemos venido aquí. El mundo debe saberlo para evitar que algo así se repita”

En el documental, Monika Hertwig viaja a Plaszow, situada en las afueras de Cracovia, Polonia. En un intento de aprender más acerca de su padre se reúne en el lugar del antiguo campo de concentración con Helen Jonas- Rosenzwieig, judía sobreviviente obligada a trabajar de doméstica para Amon Göeth. Monika se había contactado con Helen para solicitarle una reunión pero no lo logró. Helen le mandó a decir que sus recuerdos eran tan traumatizantes que no toleraría volver a ellos. Su marido, también sobreviviente, se suicidó en 1980. Un destino frecuente para la culpa/deuda de los sobrevivientes.
Monika insistió: “Tenemos que hacerlo por las personas asesinadas.”  Después de 60 años de la ejecución de Amon Göeth, las dos mujeres se reunieron por primera vez. Lo hicieron a instancias de James Moll, director de la película y asociado a Steven Spielberg. Se reunieron en el Monumento Memorial de Płaszów en Polonia y accedieron a recorrer la villa de Göeth filmando el documental la herencia / Inheritance

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Sin título-14James Moll contactó originariamente con Monika para pedirle autorización para el uso de fotos de su padre Amon Göeth. La llamó por teléfono y Monika le dice “no soy mi padre”. Esta frase impacta en lo profundo de James y lo inspira a realizar el documental y a contactar a Helen Jonas a través de la Fundación Shoa en California.
Amon Göeth tenía dos domésticas presas judías en la villa: “Lena” Hirsch y Helen Sternlicht (la actual Helen Jonas y anteriormente Helen Rosenzweig). Amon Göeth mató al novio de Helen, Adam, delante de ella antes de ponerla a su servicio.
Amon Göeth estaba casado con Anna quién vivía con sus dos hijos en Viena. Conoció a la madre de Monika, la joven, atractiva y aspirante a actriz Ruth Kalder. Los presentó su amigo Oskar Schindler. Fue en Cracovia en 1942. En ese momento Ruth trabajaba como secretaria en su fábrica. Se hicieron amantes. Se los veía de fiesta, jugando al tenis, cabalgando.

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Rotonda de Hujowa Görka
Custodiada por una cruz rodeada de espinas, fue uno de los principales lugares de asesinatos masivos del campo. En este lugar se inhumaron y se incineraron 10.000 cuerpos en 1945.

LOS CORAZONES RAZGADOS

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La fotografía de arriba muestra el gran monumento en al campo de concentración de Plaszow erigido en 1964. Conmemora a todas las víctimas que murieron allí, católicos y judíos.

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Amon Göeth fumando desde el balcón de “la casa roja”. Desde ella “cazaba” a los judíos que iban o volvían del trabajo forzado. Mujeres, niños, cualquiera caía muerto o herido.
Asesinaba por sus impulsos y estados de ánimo. Entraba sin aviso a la enfermería y mataba con su Luger a los enfermos. Otras veces convocaba a “internos” a la casa. Les soltaba a sus dos perros para que los mordíeran y desgarraran. Finalmente los remataba. Generalmente después de matar a un preso mataba a su familia con la frase “para que no quede gente insatisfecha”. Casa señalada, “fantasmática”, cargada del dolor y lamentos de sus víctimas. La “casa roja” nunca se pudo vender pese a los infructuosos intentos de su dueño. Su destino ya no es volver a ser casa. Quizás destruída, “ejecutada” y puesta en vacío. Y en su lugar, un Recordatorio y árboles plantados por sobrevivientes y/o sus descendientes

Más reflexiones
Monika comunica su verdad “no soy mi padre”. Significa: no soy un monstruo, ni una asesina. Aún más: “mírenme como una buen persona”. Si lo dice y lo pide es porque considera que la pueden mirar próxima a su padre. ¿De dónde surge esta consideración? De un principio atávico ligado a la consanguinidad: “todos somos uno”, “uno para todos y todos para uno”. Este principio asegura una lealtad inquebrantable e indisoluble a la pertenencia al clan. La supervivencia del clan está por encima de las individualidades. Lo llamamos “el espíritu de la colmena”. Este espíritu está en la base del concepto que establece un símil genético en la consanguinidad. De tal palo tal astilla. Esta idea no tiene ningún asidero científico porque los valores no se heredan genéticamente, no hay ADN morales. Los valores se transmiten, se educan. Sin embargo la creencia de su herencia genética conforma un imaginario colectivo al cual los afectados por “recibir locura heredada” deben dar respuestas. Esta es una buena oportunidad para discriminar lo genético de lo psicogenealógico. Hay transmisión de conductas, de síntomas, de enfermedades, de signos que remiten a las escenas matrices del trauma. Estos modos son inconscientes y pertenecen al ADN psíquico de la geno familia. Responden a un sistema dónde percibimos sus repeticiones genealógicas como “identificaciones con”, o “identificaciones endocrípticas” o como “designados por”.
Las personas que tienen parientes consanguíneos que han cometido delitos “de lesa humanidad” se las ven con el conflicto de lealtad a personas de su clan familiar o tomar otras posiciones que quiebren el atavismo del “debo querer a mi padre”. No es a cualquier costo. Monika lo hizo. Rompió el código etnocentrista, racista, de raza superior: tuvo una hija con un africano.
Con los judíos expresó su vergüenza – inclinó su cabeza y no pudo mirarla a los ojos- y su “necesito que me consideres y me separes de mi padre” a una víctima: Helen. Pudieron “tocarse” dándose las manos en señal de un comienzo de reparación. Los gestos muchas veces comienzan con los descendientes de los victimarios que denuncian, se salen de la lealtad endogámica y asumen la representatividad del clan, de todos, diciéndoles a las víctimas: “uno de nosotros se bestializó. En nombre de mi familia les pido perdón. Sé que es difícil porque los daños cometidos por un/unos miembros de mi familia han sido enormes. Les pido comenzar con una nueva etapa de confianzas, en generaciones, para que no se vuelva a repetir. Tengo una hija africana. Un nieto llamado David. Denuncio a mi abuelo para establecer la memoria, el no olvidar y el nunca más”.
La culpa no sentida y el no haberse arrepentido tanto por su padre como por su madre son transferidas a otra generación. Monika siente esa culpa vergonzante, la asume y genera movimientos de reparación contundentes. Sin ser su abuelo, como miembro vivo de la genofamilia, siente y trae a escena la culpa que él no sintió.
Puede mirar a todo el clan, a sus ancestros y a los descendientes diciéndoles: yo lo asumo, es hora de reparar.
¿Cómo se vincula Monika con su padre y su madre ya muertos?
Kurt Schneider, un psiquiatra alemán que escribió sobre personalidades narcisistas, contaba una anécdota que lo sorprendió: un psicópata serial cuidaba tiernamente a un gatito. Había amor en este hombre particularmente sanguinario. Este amor permite una representación estructurante de lo maternal/paternal con lo filial. Este amor une.
Con los aspectos tanáticos podemos vincularnos desde la compasión y desde el reconocimiento en lo profundo de un símil. Quién no tiene aspectos endogámicos que tire la primera piedra. ¿Quién no tiene o tuvo locura? ¿Quién no tuvo sentimientos de odio, de venganza? ¿A quién no se le apareció lo bestial en sueños? Algunos han tenido la posibilidad de limitarlos y tramitarlos de mejor modo. Las víctimas/ victimarios y sus descendientes han sido dañados por las acciones más primitivas, por la no ley. La fijación en el odio/venganza, en el resentimiento, los afecta por segunda vez.
El apellido pertenece al clan. A través de él se expresan las consanguinidades que unen en lealtad a sus miembros. Cuando uno de éstos produce tanta monstruosidad que lo transforma en arquetipo demoníaco pone en juego el apellido para sus descendientes que tiene la opción de la renuncia para un nuevo recomienzo. Es lo que han hecho algunos familiares de Hitler. “Lo Hitler” pasa entonces a tener un lugar profundo, lejos de lo humano pero próximo a él en el plano inconsciente, en el magma onírico de las pulsiones más primitivas.

BETTINA GOËRING

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En el concepto de “locura heredada” se nos aparece Bettina Goëring y su hermana, sobrinas nieta del jefe máximo de la Gestapo. Éstas se esterilizaron para no traer hijos al mundo:
“No quería traer monstruos al mundo. Temía que en mi interior estuviera la malvada semilla de la dinastía Goering. Ser una Goering es una losa muy pesada”.
Goering se ha transformado en un símbolo arquetípico del mal. La esterilización de las hermanas Goering es una metáfora con sabor a ritual. Sabemos que, más allá de las creencias populares, no se hereda genéticamente el mal. Sí puede haber repeticiones psicogenealógicas de conductas malignas a través del mecanismo de identificación o de la delegación sistémica.
Decimos que es una metáfora porque la pretensión de la esterilización es lograr la amputación del mal, lo monstruoso, encarnado en uno o más miembros de la familia.
A veces la esterilización, entendida como la amputación de la descendencia, se produce impidiendo la concepción en cualquiera de sus variantes y también con abortos provocados, a veces numerosos en una genealogía. Quizás la homosexualidad masculina masiva de hijos y nietos de célebres victimarios “de lesa humanidad” pueda comprenderse desde este concepto de “esterilización genealógica”.
Para los que trabajamos con la mirada psicogenealógica “todo es karma”. En otras palabras, genealogía que las hace, las paga. Sus descendientes la pagan. Volver a la justicia, a los códigos humanos perdidos en el trauma requiere del “grupo victimario” una acción reparatoria del sentimiento de culpa por los daños causados. En este sentido la amputación es un gesto límite y heroico. Busca liberar y romper las cadenas de la culpabilidad con el sacrificio supremo de cortar la descendencia al servicio de la especie humana. Ese sacrificio es un bien supremo. Más que el suicidio que, a veces, puede corresponder a una adhesión, la esterilización restaura el bien. Es un acto de amor al conjunto de los afectados, en este caso tanto los judíos como los alemanes unidos por este destino común. A los alemanes que no saben cómo volver al mundo sin ser denostados ni sospechados, los libera. Esta tarea afecta el destino de generaciones, lo quieran o no. La voluntad de la genofamilia y del grupo mayor, conjunto de clanes que los engloba, reproduce “el espíritu de la colmena”. Un atavismo que somete la subjetividad. Es karma.
La esterilización calma a la conciencia alemana que aplaude el gesto o más bien lo impone. Es el equivalente a un linchamiento. Una suerte de ritual de exorcización. Las hermanas Goering han sido dadas en sacrificio sobre todo por la sociedad alemana pero también por la sociedad mundial: no queremos nada de “eso”. Por eso lo exige y se alivia al lograrlo.
No dejan de ser chivos expiatorios con la función de restaurar el equilibrio humano. Un lugar históricamente conocido por lo judíos cuando fueron el sustrato de proyecciones del mal. La imagen sacrificial se acompaña de otra fantasía reparatoria instalada en el imaginario colectivo: los nazis padres y abuelos retorciéndose en sus tumbas castigadas por las acciones de sus hijos y nietos que de héroes los transformaron en máximos villanos. Dolor se paga con dolor. La esterilización como amputación genealógica, el redimir a sus máximos enemigos, acostarse con ellos, ponerle nombre hebreo a sus descendientes son gestos con sabor ritual.
Los judíos lo celebran. Participan del rito sacrificial. Mezclados con los alemanes acuden a la misma plaza pública. Israel le abre sus puertas. Les entrega sus hijos para aparearse, sus salas para escuchar sus conferencias y contemplar como apedrean a sus parientes asesinos.
Como suele decir Bettina, es karma. Auto exilada en Nueva México, esterilizada en sacrificio, aislada en una granja “hippie”, vinculada con vecinos judíos como una nueva familia, su apellido, “lo Goëring” aún, nos dice, le “pesa como una losa”.

Tobías Holc
Mayo del 2016

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