Psicosomática

El lenguaje psicosomático de las enfermedades

Psicosomática y Psicosomática Transgeneracional

El cuerpo, nuestro cuerpo, percibido desde la mirada psicosomática de las enfermedades es un co-relato emocional, que nos acompaña para ser descargada y dejado allí en la descarga, suelto y alivianado.

Cuando no ocurre la catarsis con conciencia, sobreviene el bloqueo, la enfermedad crónica.
Todos, en mayor o menor medida, tenemos conciencia de ello. Por ejemplo, una jaqueca crónica puede esconder un llanto reprimido de un duelo no realizado: los músculos oculares no descargan, aprietan y nos duele la cabeza; dolores de columna en personas con defensas omnipotentes, arrogantes, envaradas de sí mismas, que no se inclinan ante lo más grande, deshabitadas de humildad.

La literatura psicológica clínica abunda en estos ejemplos desde los comienzos freudianos con Charcot y las inervaciones histéricas.

El cuerpo, nuestro cuerpo, es también un “telón de proyecciones”, tanto como nuestra casa, nuestro automóvil, nuestro perro y todo aquello que representa lo nuestro y lo no-nuestro.

Como telón de proyecciones, se apropia de aspectos de la personalidad rechazados, vacíos de ser que deben ser reasimiladas y construídas. Como telón de proyecciones se transforman en un escenario de batallas imaginarias donde se despliegan conflictos personales y familiares.

El síntoma como aquella “sombra” junguiana, como lo otro, lo excluído, lo vergonzoso, y aterrador, lo no-dicho que quiere vivir y anhela un lugar, su locus ubi.

El síntoma como un hueco de la personalidad, un vacío existencial como una fuerza que quiere llenarse y completar su gestalt inconclusa.

El cuerpo que señala caminos y nos da mensajes para resolver cuestiones del alma, la enfermedad que se hace amiga, nos alerta como señal y advertencia.

Los síntomas como jeroglíficos a descifrar, a ser comprendidos como sus hermanos, los sueños. Cuando comprendemos la finalidad del síntoma iniciamos el camino de nuestra sanación.

Por ejemplo, una mujer puede comprender que sus repetidas anginas
impiden expresar sus sentimientos primarios que hacen fuerza por salir, para decir lo suyo.

Otra persona, puede comprender el sentido de su obesidad o de su afearse tapando su sexualidad y desde allí avanzar hacia los traumatismos que preceden tal inhibición.

En el cuerpo, se proyectan también escenas de la vida familiar que nos trasladan al campo de lo transgeneracional a la búsqueda del duelo congelado y de los traumatismos no elaborados.

Personas excluídas, olvidadas, rechazadas del sistema familiar, las hayamos conocido o no, sepamos o no de ellas son representadas por síntomas, por conductas inexplicables, por rarezas. El cuerpo habitado por “otro” que vive en un síntoma, en una modalidad existencial.
Un “fantasma”, dicen Abraham y Torok.

El cuerpo como sustrato de identificaciones. Reemplazar a otro, representar un hermano muerto; o a un tío violador, a un perpetrador que generaciones atrás abusó de mujeres durante la guerra. Identificación que incorpora in totu, que guarda la memoria familiar y que espera ser reconocida, des-demonizada, asimilada con conciencia, digerida.

Identificación repetida, heredada como una gestalt inconclusa que atraviesa una, dos, y cuantas generaciones esperando ser primero considerada para luego ser resuelta cortando la cadena de Repeticiones Genealógicas.

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